Los últimos versos del doctor Jiménez


A don Tulio ya lo habíamos llorado.

Fue una tarde de julio de 2008 en la sala de espera del tercer piso, en la Clínica Country de Bogotá.

Ahí, en medio de un revuelto de olores a fármacos y café, el cura Iván, que mi tío Gustavo había mandado a traer, nos hizo tomar de las manos. Mis primas lloraban sin consuelo, mi abuela miraba al suelo con la vista perdida entre un océano de tristeza y mi mamá se refugiaba en esa seriedad con la que siempre decide enfrentar sus emociones.

El sacerdote, que vestía jeans con tenis y parecía más un bacán del barrio que un legionario católico, intentó tranquilizarnos con palabras sensatas sobre la vida y la muerte. Insistía en que el doctor Jiménez había tenido una vida espléndida al lado nuestro y que, aunque ahora se estuviera yendo, siempre podríamos honrarlo viviendo con entusiasmo nuestras propias vidas.

Para los médicos de la clínica Country estaba claro que el doctor Jiménez se iba a morir. Eso indicaban los resultados de los exámenes, después de haber diagnosticado tardíamente una apendicitis que degeneró en peritonitis y que fue descomponiendo a don Tulio lentamente.

Ante aquel panorama terminal, mi mamá y sus hermanos le pidieron al cura que  aplicara los santos óleos. Al fin y al cabo, el doctor Jiménez pasó casi 25 años en la Compañía de Jesús pensando en ser sacerdote y no podía irse sin la bendición.

Mientras el cura Iván le ungía la frente con aceites sagrados y cantaba rezos en una lengua que sonaba más a sánscrito que a latín, en la sala de espera todos seguíamos intentando controlar el llanto. Esperábamos nuestro turno para ir a despedirnos.

Mi abuela ordenó que entráramos de a dos a la habitación y nos advirtió que no podíamos tocar nada, ni hablar.

A mi hermano y a mí nos tocó después del cura. Entramos a la habitación temerosos de lo que nos tocaba ver. Y ahí estaba: atravesado por tubos, dormido pero visiblemente incómodo, tan sereno pero tan perturbado por toda esa maquinaria médica que intentaba mantenerlo vivo.  Ahí estaba. Él, que era todo razón, en un estado irracional. Él, que tenía una memoria de diamante, olvidándose de sí mismo. Él, que podía explicarlo todo, atascado en esa escena surreal.

Mi hermano Daniel puso sus brazos a mi alrededor como queriendo protegerme de aquel dolor. Permanecimos junto a la cama unos minutos, mirándolo sin entender cosa alguna y luego, desobedeciendo a mi abuela, deslicé mi dedo índice despacio por el colchón, hasta tocar el de él.

Aquí estoy abuelo, ¿dónde estás tú?

Una hora luego de que la ronda de visitas terminara, nos encontramos otra vez todos sentados en silencio, en la sala de espera. De repente, uno de los médicos abrió las pesadas puertas que separan el corredor de las habitaciones y se paró frente a nosotros sosteniendo algunos papeles en la mano. Eran los exámenes más recientes. ¨No podemos explicar por qué, ni cómo, pero Tulio César está mejorando¨, dijo confundido y se fue.

El doctor Jiménez fue dado de alta una semana después. Mi abuela, como buena matrona del Valle del Sinú, mandó a poner patas arriba la casa: le ordenó a las empleadas del servicio trastear camas de cuarto en cuarto, instaló una ducha especial, barandas y agarraderas de todos los tamaños, mandó al conductor a traer una cama de hospital que consiguió y finalmente dispuso una habitación equipada hasta con enfermera, para atender a mi abuelo en casa.

Don Tulio se recuperó como si lo que hubiese tenido no hubiera sido una peritonitis asesina, sino una gripa insípida. En cuestión de un mes ya andaba otra vez pidiéndole a la enfermera que le sintonizara el programa de Fernando Londoño Hoyos en la radio.

***

Desde que supe que estaba oyendo a Londoño otra vez, decidí ir a almorzar con él todos los jueves, sagradamente, con una devoción que no profesaba por nadie más en la vida. Cada jueves al medio día dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo en la oficina, me subía a un taxi y llegaba a su casa para comenzar alguno de nuestros rituales.

Algunas veces, a petición de él, repasábamos lecciones de inglés. El doctor Jiménez lo aprendió muy joven en la Compañía de Jesús, junto al latín, el francés y el italiano. Yo tenía 24 años y le enseñaba con paciencia a hilar frases en inglés que él, a sus 91, había olvidado.  ¨Mi amor, recuérdame cómo se dice nieta en inglés¨ me decía soltando cada palabra con parsimonia. ¨Granddoughter¨ contestaba yo vociferando y exagerando cada sílaba, para que él me escuchara a pesar de la sordera que lo atormentaba hacía muchos años. Casi siempre, al despedirme, le decía ¨see you next thursday¨ y él me contestaba con perfecto ¨off course¨.

Otras veces me ordenaba ir a buscar algunas cartillas de poesía en su atestada biblioteca y me pedía que leyera para él la ¨Canción de la vida profunda¨ de Porfirio Barba Jacob, ¨Palemón el estilita¨ que estaba entre las obras completas de Guillermo Valencia, o la que era nuestra gran preferida: ¨Las Constelaciones¨ de Jose María Rivas Groot. Repasábamos juntos los versos:

¨Y moriréis ¡oh estrellas! en el postrero día…
Mas flotarán espíritus con triunfadoras palmas;
y alumbrarán entonces la eternidad sombría,
sobre cenizas de astros, constelaciones de almas¨

Alguna vez me contó sobre un poema de Diego Fallon que hablaba sobre las rocas de Suesca y otra vez me enseñó una frase en latín: ¨Stultorum infinitus est numerus¨ que reza ¨es infinito el número de tontos¨.

Otros días me narraba escenas sobre sus correrías por la vida política, que bien podrían hacer salivar a cualquier historiador. Pormenores y secretos de pasillo de cuando fue secretario privado de Roberto Urdaneta, presidente que reemplazó a Laureano Gómez durante su enfermedad.

Me habló sobre aquel medio día de 1953, cuando almorzaba con sus copartidarios en un restaurante de la Avenida Jiménez en el centro de Bogotá y un colega llegó corriendo para avisarles que los rumores se habían vuelto verdad: el general Gustavo Rojas Pinilla iba de camino hacia el Palacio de la Carrera – hoy en día Casa de Nariño – junto a su batallón de respaldo, con intención de hacer renunciar a Laureano Gómez. Ese día dejaron los platos servidos y volaron hasta sus oficinas para ponerse al frente del asunto.

También me narró anécdotas de sus días como procurador delegado, gobernador de Boyacá, vice-ministro de hacienda de Misael Pastrana, secretario de gobierno en la alcaldía de Virgilio Barco y alcalde Ad Honorem de Villa de Leyva, su tierra natal, en 1984.

Otros jueves estaba muy dormido para que hiciéramos la visita. Me recibía roncando en su gran sillón de cuero verde oliva y por más que la enfermera le sugiriera despertar para saludarme, él permanecía aplastado por la pesadez de su sueño.

Un jueves decidió contarme la historia de una muchacha muy bella que conoció en uno de sus viajes de trabajo, cuando aún era soltero. Él había ido a trabajar a San Pablo, en Brasil, y una noche, en el lobby del hotel donde se hospedaba, esta mujer se le quedó mirando por largo rato. Al otro día, al bajar de su habitación, un mesero del bar le entregó una nota que ella le había escrito. ¨He quedado encantada con usted¨ decía en portugués. Lo siguiente que me contó fue algo sobre una cicatriz que ella tenía en su vientre, pero en realidad no quise saber mucho más.

A veces, mientras nos tomábamos la sopa en el comedor, me contaba la historia de cómo había conocido a su ¨Cecilita¨, mi abuela, en 1951, durante un viaje de trabajo a Cereté, Córdoba, y de cómo había dejado su carrera jesuita para casarse con ella.

Así transcurrieron los jueves para nosotros, entre ronquidos, poemas e historias en blanco y negro, hasta que en diciembre de 2011 una neumonía mandó al doctor Jiménez por 17 días al hospital.

De esa también salió vivo, pero nunca se volvió a recuperar completamente.

Desde que regresó a casa después de la enfermedad, nuestros encuentros fueron cada vez más difíciles, pues aunque seguían siendo semanales, mi abuelo estaba menos dispuesto a repasar palabras en inglés o a recordar otras épocas.

Muchas veces lo encontré enfermo, escupiendo bolas de flema que se formaban en sus pulmones y dificultaban su respiración. También tuve que tomar el almuerzo sola en varias ocasiones, pues su apetito sólo se hacía más pequeño.

Por esos días empecé a sacar cosas de su biblioteca y a llevármelas escondidas entre la cartera. Sospechaba que ya pronto se iría, pero que esos libros siempre me lo traerían de vuelta.

Y se fue.

Sin avisarle a nadie,  la noche del 5 de junio de 2012 tuvo un pequeño sobresalto después de que la enfermera le pusiera la pijama y cuando mi tía, su hija menor, se acercó para auxiliarlo, él cerró los ojos.

Esa noche, después de 4 años, lo volvimos a llorar.

Nunca he querido recordar a mi abuelo como el cadáver frío y de tez verdosa que vi esa noche, ni como el cubo de madera lleno de cenizas que el personal del cementerio Jardines de Paz le entregó a mi abuela unos días después.

Siempre he preferido guardar otras imágenes de él en mi cabeza.

El doctor Jiménez metido entre su pesada ruana boyacense, sentado a la cabeza del comedor de su caserón en Villa de Leyva, metiéndole la cuchara a una sopa de pata.

Don Tulio vestido de blanco en Cartagena. Inmaculado. Era boyacense pero sabía cómo ser un costeño elegante, desde los zapatos blancos perfectamente embetunados, hasta los pantalones con la línea de la plancha bien marcada y la guayabera de olán florecida y perfumada. Durante casi 60 años de matrimonio y gracias a todo el tiempo que pasó junto a mi abuela viajando entre Cereté, Coveñas y Cartagena, él aprendió y practicó con disciplina aquella ciencia de ser costeño.

Tulio César, sentado al lado de su enfermera escuchando atentamente cada palabra que ella leía del periódico en voz alta.

Mi abuelo, recitando un poema de Luis Bernárdez el día que cumplió 90 años. El mismo que hicimos grabar en la placa que vigila el círculo de césped podado y sembrado de árboles en un lote a las afueras de Villa de Leyva, donde enterramos sus cenizas:

¨Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
por lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado¨

Image

(1984. Mi abuelo y yo en Cereté).

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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4 respuestas a Los últimos versos del doctor Jiménez

  1. Andrés Goldsworthy dijo:

    ¡Que viva tu abuelo Lina! Y que vivan esos recuerdos. Abrazo.

  2. Marcela dijo:

    me llega al alma papi te amo y te añoro mucho

  3. Danilo dijo:

    Qué belleza, Lina. Se me cerró la garganta.

    Saludos.

  4. Julian Rk dijo:

    Hace mucho no te leía… me sigues gustando, escribes bello.

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