Están todos locos por el fútbol.


El fin de semana fue largo. Se acabaron las películas, se amontonaron los platos sucios y hubo tanto tiempo para pensar, que las tristezas terminaron encaramándose una encima de la otra. Hasta me alcanzó para hacer algo que no acostumbro: ver documentales.

(Un domingo ya no tienes quien te abrace por horas y entonces ves documentales. Qué inventos trae la soledad bajo el abrigo).

Entré a internet y no encontré abrazos en Amazon, ni una técnica para olvidar en rebaja, pero sí un gran documental: “Fútbol Violencia S.A.”, hecho en Argentina, por supuesto, y revelador de las instancias a las que ha sabido llegar esa locura llamada fútbol. Son una serie de testimonios de personajes que se involucran de varias maneras con este deporte; unos por conocerlo bien y estudiar sus repercusiones políticas y culturales, y otros por ser sus víctimas: madres que perdieron a sus hijos en lo más profundo de las barras bravas.

Después de verlo me quedé pensando (nada que se acababa el fin de semana) y sentí que al fútbol debieron sacarlo hace rato de la lista de deportes, para incluirlo en la de trastornos mentales.

Enloquece a los hombres. Gobierna el mundo.

Sólo él logra que los hombres ya no piensen en una cosa (sexo), sino en dos (sexo y fútbol). Pareciera que fuese un alivio. Porque pensar en tetas y culos las 24 horas del día y no poder agarrarlos sino cuando a una mujer -casi siempre llena de obstáculos- se le de la gana, tiene que ser una tortura ¿verdad muchachos?.

De un tiempo para acá las mujeres hemos tenido que ver, casi siempre desde las graderías, cómo la tierra se ha ido “futbolizando”. Por eso hay gente muerta en ese documental, porque los hombres han “futbolizado” la vida y en los alrededores de los estadios, ella vale lo mismo que un triunfo o una derrota en la cancha. Tu equipo ganó, el mío perdió; no se diga más: te vas pal carajo.

Digo que las mujeres vemos todo esto desde las graderías, porque cuando viví en Buenos Aires comprobé lo que alguna vez me dijo un ex amante/tormento/amigo: los argentinos viven todo el tiempo adentro de un estadio. Uno sale una noche y basta para probarlo. Aunque estén en una discoteca, se comportan como lo hacen en una barra brava: brincan juntos como orangutanes recién alimentados, lo van agarrando a uno sin pedir permiso, como si uno fuera cualquier perro caliente de estadio y gritan las canciones con esa modulación llena de hondas vocales que, si bien logran animar a sus jugadores favoritos, también fastidian al punto del delirio a todas las mujeres alrededor.

Me quedó clarísimo el por qué las argentinas, aunque adorables, son la encarnación contemporánea de la histeria femenina. Están locas. Todas. Pero no las culpo.

Y es que puede Adriana Lima paseárseles en calzones por el frente (y ya no hablo sólo de los argentinos, a quienes a pesar del delirio llegué a apreciar mucho), pero si están dando el partido no hay Adriana, ni Dios, ni volcán en erupción que distraiga. Puede dañarse la rotación de la tierra y ellos no se enteran, pero se daña la mesa del futbolín en la oficina y hay que ver cómo se enfilan como Boyscouts para arreglarla.

Ah, pero tampoco los culpo. Aunque por varias razones ya no me interesa, y aunque sea la que escribe toda esta diatriba, yo misma fui una loca del fútbol en una época.

Cuando tenía 15 años me contagié irremediablemente con esa fiebre que enfermó a muchos colombianos, transmitida como pandemia por el azul y oro del Boca Juniors, y más exactamente por ese muro de contención que era el Patrón Bermúdez, esa cabeza de diamante que era la calva del Chicho Serna, brillando en la bomba central de La Bombonera y ese hombre araña que era don arquero, Oscar Córdoba.

Recuerdo todo lo que me llegó a gustar el fútbol en esa época. Al punto de llenar el interior de mi armario con una cantidad abrumadora de afiches (mi mamá vivía preocupada por que tuviera encerrado en un corazón a Farid Mondragón y no a Brad Pitt). Uno de ellos era una foto del Chicho Serna, publicada en primera plana del periódico, sentado sobre la esquina de un arco, ondeando una inmensa bandera de Colombia, con su sonrisa dientona, caricaturesca. Fue la noche que Boca salió campeón de la Copa Intercontinental de clubes en el estadio nacional de Tokio. 2 riflazos de Martín fueron suficientes para dejar aún más pálido al Real Madrid (todavía me pregunto ¿cómo carajos hicieron para encaramar al enano del Chicho sobre el arco?).

Estaba loca por el fútbol, conocía alineaciones, directores técnicos, apellidos, de hecho veía partidos de otras ligas y sabía -sin necesidad de hablar alemán- a qué se estaba refiriendo un hombre cuando decía “Bayer Leverkusen”.

Todavía no sé si me dejó de gustar, o si simplemente es demasiado para mis nervios. No soy capaz de ver un partido de la selección Colombia. Es como un ex novio que no puedo ver por miedo al dolor. Entro en crisis.

Pero la cosa es que el fin de semana estuvo largo y el documental muy bueno, si lo quieren ver pueden encontrarlo en MovieCity Play, con buena calidad y buen tiempo de descarga.

Y sigan futbolizando la tierra si quieren, pero hombre, no se maten.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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Una respuesta a Están todos locos por el fútbol.

  1. P dijo:

    Me parece que aquí describe lo que vivimos las mujeres cuando hay fútbol no existimos y además si no nos gusta peor la cosa

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