Mamá, quiero ser mutante.


Hubo una época en mi vida (mucho antes de caer en las confusas aguas de la adolescencia) en la que repetía la misma sucesión de eventos todas las tardes: me bajaba de un brinco del bus del colegio, subía corriendo las escaleras de mi edificio en Cedritos con el morral eternamente resbalando de mis hombros, timbraba en mi casa, me quitaba los zapatos sin desamarrarlos (cochina costumbre que conservo hasta hoy) y me sentaba, triunfadora, expectante, ansiosa en frente del televisor a ver otro capítulo de X – Men, en caricaturas.

Eran mis favoritos, definitivamente. El concepto de la mutación fue lo más emocionante que le pasó a mi vida por esos días (después de “Rodeolandia”, que era la cúspide oficial en la empinada cuesta de mi felicidad).

Ahora que lo pienso, creo que vi tantas veces en acción a Bestia, a Wolverine, a Gambito, y a todos los otros, que desde entonces tengo la -a veces fastidiosa- manía de andar por la vida imaginando posibles mutaciones y soñando algunas noches con que mi cuerpo es bendecido, por obra y gracia de la ciencia, con una habilidad especial.

Estoy segura de que el hecho de haber visto tanto X-Men cuando niña, me llevó inconscientemente, unos años más tarde, a buscar personas con extrañas mutaciones, o con poderes especiales.

Por ejemplo, tuve un novio mutante con pelo fucsia, que tenía el poder de propiciar crisis nerviosas a mi madre; después tuve otro novio mutante, que tenía la asombrosa habilidad de desaparecerse, esfumarse, desvanecerse repentinamente por fines de semana enteros, y también tuve un novio mutante que convertía, con sólo mirarlo, cualquier chorrito de agua en aguardiente (así como cualquier cena en bacanal, y cualquier mañana en una espesa sopa de guayabo).

Y también amigas. Terminé juntándome con una mutante que tenía un poder muy especial: la velocidad. Ella siempre llegaba antes que yo a los brazos de los hombres que a mi me gustaban. Otra tenía un poder parecido al de algunos animales cuando no quieren ser devorados: hacerse la muerta. Después de unos tragos, ella podía quedarse absolutamente desgonzada, inconsciente y ausente de este universo. Un poder asombroso, por supuesto, pero con un inconveniente: tener que cargarla hasta la casa.

Y otra amiga mutante poseía una perversa habilidad: estropear arrocitos en bajo. Ella tenía el poder de saber cuándo uno estaba metiéndole candela a un arrocito por el chat de ICQ para llamar por teléfono e interrumpir la conexión a internet. Y arroz frío, no es arroz.

Definitivamente me dejé afectar.

Luego, ya más grande (pero no mucho más “madura”) fui religiosamente a ver todas las películas de la trilogía. También fui a ver la historia de Wolverine (de donde salí maluca de amor, y cómo no, si desde que tengo 8 años está haciéndome sentir “rarita”) y vi la que  se convertiría en mi favorita de toda la saga: X – Men Primera Generación.

Estuve buscando por mucho tiempo X – Men Primera Generación, para volver a verla (sí, yo soy de las que se ve la película favorita todas las veces que sean necesarias para alcanzar a aprenderse los diálogos). Necesitaba entender otra vez  de dónde venían todos esos mutantes y por supuesto, me urgía casi físicamente volver a ver en aquellos papeles a Michael Fassbender y a James McAvoy.

Dios de todos los cielos.

Afortunadamente la encontré en MovieCity Play, con buena resolución y enterita. Fue una bella noche la que pasé disfrutándola de nuevo. De hecho, se me alborotó la ventolera de la mutación y se me pegó el poder de una de mis mejores amigas mutantes: ella tiene la habilidad de hacer listas para todo. Así que hice una lista de las mutaciones que más me gustaría tener:

*Ser invisible, para poder ir a halarle las mechas a la señorita del Baloto y arrastrarla por toda la cuadra hasta que se arrepienta de ser un tósigo, y de nunca estar en su puesto cuando necesito pagar el recibo del celular.

*Multiplicarme, así puedo fastidiar tres, cuatro, o diez veces más a las personas que fastidio.

*Perder la memoria temporalmente, así no me acuerdo de él.

*Ser la mujer elástica, para poder alargar el brazo desde mi lugar hasta la silla del conductor de la buseta y pegarle un sopapo cada vez que frena sin compasión y me hace aterrizar contra el saco casposo del vecino.

*Hablar con los muertos, para poder seguir repasando las clases de inglés con mi abuelo.

*Imitar voces exactas, para poder tener el tono Christina Aguilera en mi cantar diario en el puesto de la oficina (así no hiero más los oídos de mis colegas). Es una mutación y un servicio social también.

***

Seguiré soñando con mutaciones y mutantes, pero creo firmemente que muchos ya andan entre nosotros, caminando por la calle (y sentándose en las sillas del congreso).

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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2 respuestas a Mamá, quiero ser mutante.

  1. Me gustan las mutaciones que pides, pediría un par. En mi caso, me gustaría tener control sobre el sabor de las cosas, así podría hacer que mas de uno coma, literalmente, popo (sorry por la palabrota)

  2. anelsi dijo:

    mmmmmm WOLVERINE!!!! (suspiro) y pensar que lo vi en vivo y en directo, te acuerdas???
    … Mama yo tambien quiero ser mutante como mi amiga Remedios, para teletransportarme a su casa y darle un abrazo de oso polar todos los dias.
    Que vivan todos los que quieren ser mutantes como tu y como yo!!!

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