Spartacus: sangre, sexo y Choco Crispies.


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Desde que me pasé a vivir sola, mis finanzas (finanzas es una palabra muy decente para la cartera matemáticamente imposible de un publicista) no me han permitido hacerme a un servicio de Televisión decente (por decente me refiero a que la mitad de los canales no sean católicos o de música ranchera). Así que me he visto en la necesidad de acudir al internet para poder ver las series que me gustan.

Por ejemplo, mis padres me prestaban muy amorosamente su casa para ver las dos primeras temporadas de Spartacus, pero dicho ritual, celebrado con devoción domingo a domingo, traía muchas molestias al seno familiar, ya por los ronquidos de mi adorado padre, ya por los platos sucios abandonados al lado del televisor una vez terminado el capítulo, ya por las escenas de orgías inauditas, que tan incómodas e inapropiadas resultaban en la cercanía de quienes trataron de educarme como una niña recatada. Así que el préstamo sólo aguantó las dos primeras temporadas de Spartacus (hasta el sol de hoy mi mamá sigue reclamando el por qué nunca pude encaminar toda esa devoción dominguera para ir a misa).

Pero no me quedé sin ver la tercera temporada, porque la encontré -gracias a la intervención de todos los Dioses que descargaron su ira sobre Roma- en MovieCity Play. Era un panorama alentador: podía verla completa en internet; pero sobre todo, podía verla en calzones, explayada cual león marino a lo largo y ancho de mi cama, o devorando una caja de Choco Crispies, sin que nadie pusiera en tela de juicio mi calidad de ser humano. Podía parar el capítulo para ir por más comida, y lo mejor: podía retroceder para volver a verle las nalgas a Spartacus. Una y otra vez.

Ah. Spartacus.

Nunca fui mujer de escenas violentas, ya que tengo un trauma de la niñez, época en la que mi amado padre me acostaba en su hombro a ver toda la gama disponible de películas de Schwarzenegger y Jean Claude Van Damme. Digamos que tuve suficiente. Así que la primera vez que escuché de boca de un amigo una descripción de Spartacus, llegaron corriendo desde mi infancia esas dos palabras capaces de bautizar todo un estilo cinematográfico: puño y patada.

Sin embargo, la vida da muchas vueltas y aunque había dicho que nunca vería Spartacus, parece que mi destino no está diseñado para otra cosa que hacerme contradecir. Así que terminé viéndola, y no sólo eso, terminé idiotizada, hipnotizada, afectada, adicta a ella.

Y cómo no, si es un coctel hecho con los ingredientes perfectos:

Los músculos: no músculos de galán de gimnasio, sino músculos de Hércules, de semi-dios, de matón. En este mundo de Justin Biebers, cómo no enfermarse por esos animales sucios, por esas bestias con nombres románticos y cicatrices dolorosamente sexys (y eso que al actor que reemplazó al original Spartacus, que en paz descanse, le hace falta un hervor).

La sangre: injustamente encasillada dentro de lo ¨feo¨ por las películas de horror, pero elevada a un glorioso altar por Spartacus. Después de ver las 3 temporadas a uno le queda gustando y la próxima vez que va al médico ya no aparta la cabeza en el examen de sangre, sino que mira con sevicia la aguja entrando en la piel, recuerda las heridas abiertas y los miembros de los soldados romanos colgando de un hilo y se da alientos para aguantar el dolor repitiendo mentalmente ¨Mi nombre también es Spartacus¨.

El sexo: tanto sexo sin tapujos, tanta desnudez patrocinada por la misma sociedad, tanta cosa sabrosa. Mejor no sigo.

La Historia: si hay algo juicioso en Spartacus es la revelación de aspectos sorprendentes de la sociedad Romana en aquella época. Eso sí, respira uno aliviado de que el tiempo haya sepultado en parte tanta venérea. Y luego piensa que tal vez sus dioses habrían llevado al mundo por otro camino.

Al final duré casi un mes queriendo atravesarle una espada por la garganta a alguien, sólo para ver saltar el monumental chorro de sangre. Pero, como casi todas las cosas en mi vida, eso sólo pasó en mi cabeza.

Menos mal.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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3 respuestas a Spartacus: sangre, sexo y Choco Crispies.

  1. Danilo dijo:

    ¡Carajo!
    Me he venido resistiendo a Spartacus pero después de esto no puedo más.
    Definitivamente necesito MovieCity Play.

    Saludos.

  2. martiuk dijo:

    Qué buena descripción! Yo también quiero ver Spartacus! A ver si la próxima prueba de sangre puedo mirar😛

  3. Patricia Pardo dijo:

    Lina la canción no es de Lisandro mesa es del cabo Herran

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