Memorial de una ida al médico.


No hay nada peor que un médico cabrón.

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Era la tercera vez que visitaba urgencias en el mismo mes y siempre tuve la mala suerte de ser atendida por el Doctor del consultorio No. 2 (que a propósito, tiene un par de nombres de pila de esos que -por ley natural- no se deben combinar, pues cada vez que son pronunciados el uno al lado del otro, alteran la armonía del universo).

La primera vez fui con un nudo de barco pirata en la espalda, la segunda con una sinusitis que me tenía la cara más apretada que la de un e-wok y a la tercera llegué arrastrándome con una fiebre de esas que mataban próceres.

Pero en ninguna de esas ocasiones fue capaz de ser amable, don Doctor.

En realidad no entiendo por qué en sus kilométricos pensums, no les enseñan a los médicos a tener tacto con sus pacientes, como parte vital de su labor. Deberían incluir una materia cuya máxima fuera “ser amable con tus pacientes es el primer paso para salvarles la puerca vida”. Porque así como hay algunos caídos del cielo, los hay también engendros de George Bush.

Después de arrancarse con pereza de la boca las palabras para decirme que tenía 38.6 de fiebre, que debía hacerme exámenes de sangre y de orina, y de evidenciar con un gesto despedidor que le importaba un carajo mi vida, o mi salud, o su vida, o el mundo en general, o cualquier otra cosa; el médico No. 2 se volvió a apoltronar en su escritorio y con la mirada imanada a la pantalla de su computador me dijo que volviera en una hora con las pruebas.

Ay, las pruebas.

Hacerse un exámen de orina a veces incluye la obligación de replantearse la vida, mientras uno hace un esfuerzo de prostituta vietnamita para ensartar el chorro en ese miserable vasito plástico (caramba si no tenemos puntería las mujeres). Dos tareas difíciles de coordinar.

Es simplemente un acto patético, el hecho de cambiar ese melancólico ritual en el que uno “se despoja” de un poco de ser y luego se voltea a mirar con una nostalgia instintiva a ver esa huella orgánica que se ha ido arremolinada para siempre (y a mirar que el inodoro haya quedado limpio, por conciencia social, porque el prójimo nunca necesita conocer esa huella). Es una ceremonia de aligeramiento, un culto a esa levedad tan necesaria para existir. No se puede pensar, ni vivir cuando hay un ritual de “despojo” pendiente.

Así que recoger el “chichí” (sí, me encanta decir chichí) en un recipiente y entregarlo a un desconocido es, en todos los sentidos, un ritual perverso.

Cada vasito es etiquetado con el nombre de su dueño, culpándolo inmediatamente de todas las cosas ilegales y románticas que un riñón pudo haber despedido en una decisión tirana por conseguir el equilibrio (así como un dictador que manda a matar poetas para proteger su régimen).

Y lo más nefasto es la galería donde almacenan los vasitos. Me imagino que la compañía que presta el servicio de medicina pre-pagada simplemente “no tuvo recursos” para comprar un mueble con puertas que puedan evitarle al usuario la desagradable experiencia de tener que ver esa colección de agüitas amarillas de todas las tonalidades. Hombre, uno no le mira los orines a la mamá, ahora va a querer vérselos al vecino de puesto de la sala de espera.

Entonces en la sala de exámenes se traspasan los límites de la socialización y uno no sólo conoce gente, sino que también conoce sus orines y  la selección natural se vuelca hacia el color y consistencia de aquel vasito.

Y el examen de sangre, bueno, esa es otra historia: un beso francés de la muerte para algunos; pero no para mi, que en vez de llorar me he atacado de risa cada vez que le he mostrado la piel a un tatuador, para que incruste sus agujas con tinta y dibuje eternas flores y pájaros en ella.

Me gustó cuando la enfermera eligió el brazo izquierdo y me quedé viendo cuántas veces entró en mi piel la aguja y no encontró la vena diminuta (después de semejante escarbada tuve que pasar una semana escondiendo el morado que me quedó en el brazo para no parecer una junkie). Me gustó cuando cambiamos al brazo derecho y de nuevo vi cómo la gruesa aguja rompía cada hebra de mi brazo y se internaba en la cuenca. Y me dolió. Pero me gustó. Por unos minutos fui el paraíso sin pataletas en el que siempre soñó trabajar la enfermera encargada.

De vuelta al consultorio No. 2, resultados en mano, el Dr. Desidia arrancó las hojas de mi mano con la energía del último manotazo de un náufrago y los observó. A esto siguió una explicación que hizo, llena de términos científicos en algún idioma entre Búlgaro y Ruso. Le pedí una segunda explicación y con el peso de todas las cordilleras del planeta tierra sobre sus hombros, me la dió: no tengo ni idea qué tienes, pero “parece” ser una infección respiratoria. Toma un dolex para la fiebre. ¿No me va a decir nada más?. No niña, eso es todo, te puedes ir.

Gracias por hacerme el grandísimo favor de atenderme Dr. interés. Si no le pagan lo suficiente, su esposa es mal polvo, o su equipo se fue a la B, no es mi culpa. Es suya, por no hacer nada al respecto.

Salí del consultorio No. 2 drogada con 1 gramo de Dolex e incendiada ya no de la fiebre, sino de la ira, gracias al Dr. Dicha de Vivir.

Después, en la soledad de mi convalecencia y engalanada con mi sudadera más rota, tuve tiempo -de sobra- para reflexionar y me di cuenta de que toda esa ventolera en mi pecho había sido producto de una encalambrada racha de estrés. Me propuse hacer algunos cambios en mi vida, para no terminar siendo tan triste como don Doctor.

Todavía tengo tos.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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7 respuestas a Memorial de una ida al médico.

  1. ismapro dijo:

    Esta si que es una entrada llena de sentimentalismo, y un poco rencor, ahora los puntos en los que te refieres a el Dr. “Adjetivo hiriente y desinhibido” me dejaron largas sonrisas y nuevas formas de referirme a los comunes “Doc!!!!”

  2. Danilo dijo:

    Qué tristes esos doctores inhumanos. ¿Será que eso “no era lo suyo”? Ya es bastante aburridor enfermarse para ir a dar con uno de esos seres.
    Muy importante lo que dices: “Me propuse hacer algunos cambios en mi vida, para no terminar siendo tan triste como don Doctor.”

    Muy bueno leerte de nuevo.

    Saludos.

  3. Mateo Santos dijo:

    Si el equipo del man se fue a la B, es entendible mujer.

  4. Yo he tenido mucha suerte con los doctores, afortunadamente, pero es que …me encanta como escribes Linita y me gozo siempre todo lo que escribes…un besote

  5. Yo si he tenido mucha suerte con los médicos, de hecho, tengo varios en la familia. Es, a veces, una cuestión de pura suerte…pero eso no es lo que importa. Lo que me importa es que…Linita! Me encanta como escribes, me leo cada texto tuyo y me río mucho.
    Un besote flaca tatuada!🙂

  6. jajaja muy bueno. Me alegraste la mañana

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