Mujeres en el Baño


Si bien es cierto que un ser humano se pasa la mitad de la vida en el baño, también es cierto que para las mujeres, mucho más que para los hombres, el baño es un lugar imprescindible, donde las catarsis estomacales son sólo una pequeña parte de toda la actividad paranormal que se lleva a cabo entre los espejos y los dispensadores de papel. Digo actividad paranormal, porque todo lo que sucede en otras dimensiones no es más que una hilera de sucesos bizarros. Y el baño, para las mujeres es justamente eso: un olorosa sede de otra dimensión.

Los hombres, haciendo honor a su intachable simpleza, utilizan el baño únicamente para lo que está hecho: para mear. Así entran, desenfundan la cuestión, la desocupan, lanzan una mirada indiferente a esa escurridiza parte de ellos que se ha ido por el orinal y se van. Por eso los hombres siempre salen primero del baño. Por eso los hombres, que son países de una sola autopista, van al baño porque es un paso obligado en su andar lineal. Pero las mujeres, que somos naciones llenas de serpenteantes carreteras, a veces vamos al baño para descansar de la sola idea de vivir buscando salidas a un laberinto con tantas flores como navajas. Y eso se demora un poquito más.

Para entrar a la dimensión “baño” así como para cualquier otro evento místico en la vida, es necesario tener compañía. Pero ojo, las mujeres no vamos con cualquiera al baño, porque elegir una acompañante para ir al baño es llevar la relación a otro nivel: de simples conocidas, a compinches y de mejores amigas a hermanas del alma. Y es que prestarse el maquillaje para hacer los retoques necesarios es un ritual tan comprometedor como un pacto de sangre (psqíquica y bacterianamente hablando). Asimismo, acomodarse las tetas, las nalgas y el pelo no es tarea para una sola persona. Se necesitan dos para volver a abotonar un jean dos tallas más pequeño que el cuerpo, se necesitan tres para consolar el llanto de una infidelidad recién descubierta y se necesitan cuatro, o muchas más, para fabricar un chisme de alcances interoceánicos. Y el mundo sigue preguntándose por qué carajos tenemos que ir en comparsa al baño.

Y es que la pobre mujer que va sola al baño debe sufrir toda clase de improperios, como limpiarse con el calzón si se ha acabado el papel, ante la imposibilidad de salir desfilando a pedir un rollo nuevo como un pingÜino con los pantalones abajo.

La mujer que no tiene una amiga que pueda cuidar la puerta cuando esta no cierra, se expone a dos peligros: el primero es que la puerta se abra mientras ella orina en posición de quarterback de fútbol americano, y la otra es que ella deba orinar y tener con sus dedos, o en el peor de los casos, con su cabeza, la puerta; maroma que por obvias razones resulta un acto de equilibrio, concentración y fuerza que sólo les sale bien a las cabareteras.

Y para hacerlo más explícito, es necesario nombrar algunos otros sucesos multidimensionales que se dan en el baño de las mujeres; como una secretaria con la falda encaramada más arriba del fangoso vientre, embarcada en la difícil empresa de subirse las medias veladas casi hasta la línea del busto. Como la señora del aseo medio empelota, mostrándole a la otra señora del aseo un asentamiento de estrías que tiene en el seno derecho. Welcome to the Twilight Zone. Como un rocío de gotas amarillas sobre la taza del inodoro (porque si los hombres salpican, las mujeres, a falta de un órgano cilíndrico, lo hacemos aún más). Como una mujer con cara de alivio, jalándose hacia abajo ese pantalón que por poco la fecunda. Como una mujer envuelta en un vestido de coctel, que trata de cuidar los faldones blancos del vestido de novia de su amiga recién casada mientras ella, absolutamente ebria, trata de orinar y decir al mismo tiempo que su nuevo marido no es buen polvo. Como una pre-adolescente que vomita todo lo que comió y cree que nadie se da cuenta.

Entre otras cosas, en el baño las mujeres decidimos cómo se van a llamar los hijos, le ponemos fecha límite a los novios idiotas, y pensamos cómo es que vamos a poder ser todo lo que el mundo espera que seamos.

En el baño nos damos cuenta de que sólo somos la bestia con pelo lindo que somos, nos miramos al espejo, nos acomodamos el brassiere y la existencia, y respiramos profundo antes de volver a salir.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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6 respuestas a Mujeres en el Baño

  1. Danilo dijo:

    ¡Carajo!
    Empecé riendo y los últimos párrafos son bastante emotivos. Todo un descubrimiento. Ya no me preguntaré más porque van de a cinco al baño.

    Saludos.

  2. Me gustó mucho lo de llevar la relación a otro nivel cuando se invita a una amiga al baño.
    Y estoy completamente de acuerdo con lo de la toma de decisiones importantes, en mi caso ocurre en la ducha.

  3. Regina Tono dijo:

    ay siii los baños publicos de mujeres son un desastre… pero taaan necesarios!!!!

  4. Claudia Salgado dijo:

    Como ya lo he dicho antes: soy fan de Lecciones de Pataleta. Me entretienen cuando necesito un break del trabajo. Esperaré ansiosa la siguiente publicación.

  5. Maria Teresa Velez de Lopez dijo:

    en el baño se nos despierta una genialidad y surgen soluciones para problemas, estrategias para manejarlas, ideas que en otro sitio se mantienen dormidas o en latencia, asi que toca regrabarlas en el momento que se abandona el recinto de la intimidad con nuestra mente….maravilloso

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