Mis Revoluciones Diminutas


Siempre me dijeron que las revoluciones eran grandes.

Hordas de campesinos con hacha y machete, tropas de obreros y soldados irrumpiendo en palacios de zares, militantes empapando de sudor la sierra cubana. Cantidades de adeptos, camaradas. Inmensos movimientos de gente con oceánicas pretensiones.

Siempre me contaron que las revoluciones eran violentas y paradójicamente inhumanas.

La sangre corriendo por Cataluña, un balazo en el entrecejo por nombrar al que no se puede nombrar, las turbas enardecidas. Los desaparecidos cuyo destino todos conocen, la tortura de los sistemáticos, la muerte justificada de los luchadores.

Y no sólo eso, también artistas desfigurando líneas, músicos desordenando compases, corrompiendo estilos, pensadores revolcando tumbas y desmembrando ideas tan compactas como el hierro.

Siempre me enseñaron que las revoluciones empezaban en la cabeza de un hombre, y terminaban corrompidas por las manos de otro.

Lennin, Trotsky, Guevara, Villa, Zapata, Ricaurte, Bolívar, Santander, Pollock, Martha Graham, Miles Davis, Chano Pozo y Eddie Palmmieri. Los Beatles, los Sex Pistols, Los Ramones y Madonna.  Todos próceres, mártires convertidos en héroes por tumultos de seguidores, inmortalizados en camisetas, en estatuas cagadas de paloma y encerrados para siempre en sus casas-museo.

Por mucho tiempo creí que para hacer una revolución se necesitaba el valor de un superhéroe, las agallas de un paracaidista y la pericia de un embaucador. Aprendí que una revolución puede cambiar el rumbo de la historia, y la historia de todos los rumbos.

Y por eso pensé que las revoluciones estarían siempre fuera de mi alcance. Porque yo ando por la vida con propósitos tremendamente básicos como escribir, amar y respirar. No soy capaz de colarme en las filas, ni entregar billetes falsos, ni levantar si quiera el dedo meñique en contra del sistema.

¿Entonces, qué revoluciones me puedo procurar yo, que preferiero la vida como la canta Radiohead: sin alarmas y sin sorpresas?

Pues desde hace un tiempo me he venido dando cuenta de que hasta los “cobardes” tenemos nuestras propias revoluciones. Y ahora sé que son bastante diminutas, pero no por ello insignificantes.

Así le doy pataditas al sistema, golpecitos silenciosos, mientras yo me voy poniendo un poco más en paz con la vida sin que nadie se entere de mis pequeños levantamientos, que abogan por no prestar atención en las reuniones laborales, para dedicar todos los esfuerzos a imaginar en medias cortas y calzoncillos a cada uno de los interlocutores. Que me ordenan no ser amable con la señora del aseo, sólo porque es la señora del aseo, cuando el pesar es lo peor que uno puede sentir por otro ser humano. Soy con ella lo grosera que ella es conmigo, para que en el mundo reine la igualdad.

Mis revoluciones chiquitas me permiten hacerme la gran pendeja cuando me encuentro a alguien que debo, pero que no quiero saludar. Porque eso de “debo” me sabe a queso de cabeza. Me habilitan para no hacer amigos entre los vecinos del edificio, para no pertenecer a la junta de propietarios, para no tener un horno microondas, para pedir la oblea sin arequipe y cantar el himno de los desabridos, de los que preferimos los Corn Flakes a las Zucaritas. Me me dejan soñar con ser malcriada hasta que muera y con seguir comiéndome las uñas hasta la vejez, porque carajo, es un placer.

Ellas, mis revoluciones diminutas, me dan permiso para visitar al peluquero solo dos veces al año y de mala gana, para decorar mi casa como a mi me gusta, y no como dice TUGÓ que debo decorarla. Ellas me dejan estar triste y no ponerme triste por ello, me dejan celebrar la melancolía como un regalo, me dejan disfrutar más las novelas románticas de Jane Austen, que los laberintos semánticos de Umberto Eco (y es que mi cabeza no da para más).

Y ellas, aunque pequeñas, serán las mismas que me impulsen a seguir detestando el nacionalismo, a seguir disfrutando más los errores que las cualidades de las personas, a seguir comiendo mandarina todas las mañanas en el puesto de trabajo, y a dejar algunas cosas a medias, sin sentirme mediocre por ello.

Si tuviera que redactar un manifiesto detallando mis revoluciones diminutas, estaría lleno de instrucciones sobre cómo andar por ahí halándole los pelos de las axilas a la vida, y claro, sería tan inútil para la humanidad como este post.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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2 respuestas a Mis Revoluciones Diminutas

  1. Mateo dijo:

    Oye, no te voy a aceptar lo de oblea sin arequipe y los zucarias. La única que pierde en esa revolución, eres tú.

  2. Nykolai D. dijo:

    Me gustó este texto.

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