Relato de un viaje a la dimensión Spa.


Nunca me sentí más ridícula que aquel día en que me vi al espejo del baño de mujeres del Spa. Ahí estaba, envuelta en una bata de toalla blanca cuya talla excedía en cantidades industriales mis pequeñas longitudes.

Por debajo de aquel manto desorbitado yacía mi cuerpo inocente y pesado tras la tarta de moras de la tarde, nadando en un bikini de tela quirúrgica, materia prima de todas las batas de médicos y enfermos. Por supuesto, el bikini era proporcional al tamaño de la bata. Entonces tuve que sacar a flote el scout que nunca fui, e inventarme toda clase de nudos y amarradijos para mantener el inmenso bikini hospitalario cubriendo lo poco que debía (y que había) por cubrir. En algún punto me sobrevino una sensación de miedo. Por ser la primera vez, me pregunté si ese bikini desechable sería el verdugo de alguna incisión de agujas o uñas inlcuida en el programa de la terapista, pero luego castigué mi propia paranoia con una dosis de realidad: ese bikini era desechable sólo por cuestiones de higiene. Claro, si hay algo inadmisible y satánico en esta vida, es usar el calzón que otra fulana ya ha usado.

Así, lo que mostraba el espejo del baño era frenético: un cuerpo de medidas liliputienses, ataviado con ropas de tallas nórdicas y nudos como los que amarran las anclas de grandes navíos.

¿Y qué decir de los pies? parece que el pedido de Havaianas también llegó al puerto equivocado. Al mirar mis piececitos de lanchero flaco flotando en un par de canoas de plástico amarillo talla 40, me dije a mí misma: recordarás este momento como el instante en que te viste más pendeja en toda tu vida.

Sin embargo reuní mis desmoralizadas fuerzas y abrí las puertas de cabaret del lejano oeste del baño de las mujeres, y cuidando de no ir a tropezar con la grandeza de mis propias chancletas (que es muy diferente a tropezar con la grandeza de las propias ideas) me acerqué al centro de mando de la nave espacial que parecía ser ese Spa. Ahí, una mujer absolutamente pulcra y vestida de blanco me esperaba para guiarme hacia mi destino, pero como buena comandante de aquella blanquísima brigada interestelar, de inmediato me asignó la compañía de otra mujer, una servidora que me llevaría sana y salva desde el centro de operaciones hasta la sala de masajes.

De rrepente me sentí como Obi Wan Kenobi, cuando a la mitad del Episodio II de Star Wars llega a Kamino, un planeta rodeado de intempestivos océanos y al entrar en una edificación muy blanca, es recibido por dos mujeres espigadas y extraterrestres, que hablan como si la voz dulce de Lucifer pudiera enmelocotar el alma y llevarla, casi flotando, hasta su cruel destino.

Entonces, para hacer el honor al maestro Jedi, até bien las cuerdas de mi manto de toalla, apreté los deditos de los pies para no perder las chanclas en el camino y seguí con devoción  y silencio a aquella guía vestida de intenso blanco.

El recorrido fue como deambular buscando un cuarto de operaciones. Con una tarjeta electrónica en la mano, mi guía abría y cerraba puertas que automáticamente nos trasladaban a otros ambientes, que se suponía debían ser “zen”, pero que yo encontré bastante interplanetarios. De hecho, en lugar de dejarme invadir por esa supuesta paz interior que emanaban las melodías new age que escurrían por los camuflados parlantes del sistema integrado de sonido, me dejé atropellar con fuerza por la idea de que se trataba de una excursión dentro de una máquina voladora no identificada.

Por fin llegamos, después de viajar en un ascensor casi líquido, a una sala llena de sofás interpuestos y separados por espacios exactos. Entonces mi guía me pidió que me recostara en uno de ellos y me pusiera cómoda mientras mi turno llegaba. Luego me trajo una taza con un brebaje de agua de Jamaica, que la onda galáctica de todo aquello, hizo parecer como un jugo de raíces subterráneas del hermoso planeta Naboo.

Pero “recostarse” era mucho pedir. Nunca supe cómo apoltronar mi escuálida existencia en aquel diván, ya que éste exigía una pose de “Cleopatra is waiting for…” que por ningún motivo pude personificar.

Una vez dentro del pequeño cuarto de los masajes, fui entregada como quien entrega a un aprendiz de brujo a mi masajista de turno. Ella también manejaba un bajísimo volumen de voz y con él me fue susurrando toda clase de reglas, derechos y deberes del masajista y del masajeado.

Pero fue magia lo que hizo con las manos aquella brujilda del espacio sideral. Como si estuviese haciendo galletas, amasó y desató cada uno de los enredos que le presentaron mis paupérrimos músculos.

Sin embargo, y aunqué logré palpar las fibras de ese momento íntimo con mi masajista, en el más absoluto y espiritual silencio, nunca pude estar del todo tranquila, pensando en la tortilla de espinacas que había almorzado. ¿Y si quiere escapárseme un gas? sin duda me expulsarían de la nave Spa. Entonces una leve brizna de sufrimiento tocó a mi puerta, mientras el malvado maquinista de mi estómago movía los engranajes para fabricar sus mejores cúmulos de aire gástrico.

La masajista ya estaba sudando de tanto machacar mis carnecitas. Yo por mi parte sudaba de los nervios.

Finalmente logré la victoria sobre mis tempestades estomacales y salí invicta de la sesión de masajes (para salud y remedio de la masajista). Como un bicho que vuelve a nacer, regresé al vestier de mujeres embadurnada y algo drogada por una mezcla potente de aceites y eucalipto.

Mientras me volvía a mirar al espejo y mientras mis músculos del cuello celebraban por primera vez el día de su independencia, volví a pensar en aquella pose de Diosa desterrada que no logré adoptar sobre el diván de la nave espacial que era aquel Spa.

Sin duda alguna, tendría que ensayarla para la próxima.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
Esta entrada fue publicada en Sobre inventos, Sobre la vida, Sobre las mujeres y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Relato de un viaje a la dimensión Spa.

  1. Lalu dijo:

    Yo nunca había ido a un spa hasta wseptiembre del año pasado en que decidí ir con una amiga a que nos hicieran masajes, porque estábamos muy cansadas después de unos proyectos que nos robaron muchas horas de sueño y durante los que tuvimos muy mala postura y alimentación.

    No me gustó ni poquito ese cuento de los masajes en spa, me sentía como una esclavista romana o algo peor, mientras estaba acostada en la cama como una morsa y otra se dedicaba a sobarme por todas partes. Otra preocupación que tuve todo el tiempo fue también la del gas. Uno se descuida, se relaja y todo se distensiona en cualquier momento, mejor no dejar que eso pase.

    Lo que sí me gustó fueron unos masajes en la espalda que me hizo una señora de zapatoca hace como un año, después d un viaje muy maluco por carretera. Fueron en la casa de ella, sobre una cama de colchón duro de algodón, sin música new age ni guevonadas por el estilo.

  2. Pilar Jiménez Pardo dijo:

    Cuando yo fuí , además de compartir contigo esa sensación de “nave espacial” me llamó la atención los personajes narcogalácticos que tuve oportunidad de tropezarme en el vestier. Menos mal desaparecieron cuando llegué a los sofás de Cleopatra, pues no me imagino qu clase de “pose” harían tirados en uno de esos.

  3. Carlos dijo:

    jaaja mi me pasó algo parecido en un sauna solo para hombres http://kimchitimes.posterous.com/?sort=&search=sauna

    Ajá y el peo desapareció por arte de magia?

  4. Taty Guerrero dijo:

    Me he diviertido muchisimo con este relato, te felicito Lina, eres genial.

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