República Independiente de mis cosas perdidas.


Son tantas las cosas que he perdido en la vida, que ya en algún rincón de esta tierra debe existir un país llamado “República Independiente de mis cosas perdidas”.

Estoy segura de que las cosas que perdí nunca desaparecieron, simplemente decidieron irse de mi lado (y no las culpo; vivir conmigo es complicado). Eso sí, todas se fueron y seguramente seguirán marchándose sin despedirse y sin dejar una carta de agradecimiento, o pista alguna de su nuevo paradero.

Por eso, últimamente he pasado el tiempo encerrada en el ático de la casita en la que algún día viviré; día y noche, masticando aserrín y tomando Bourbon de a poquitos, elaborando varias hipótesis sobre la naturaleza de aquella República, mientras en la ventana de al lado, Ray Barreto y Red Garland ensayan su “Estrellita” a un volumen de susurro.

Me he ocupado en estos días y estas noches (mientras mi otro yo trabaja, monta en buseta, visita a sus padres y cree en el amor) de trazar mapas en papel mantequilla y de mezclar los números con esencias, para adivinar, con alguna clase de truco alquímico, la ubicación y el tamaño de la República de mis cosas perdidas.

Hasta ahora he logrado poco, pero mis figuraciones dicen que debe encontrarse en algún lugar entre Estambul y alguna ola cerúlea de las que viven en el mediterráneo. Digo Estambul, porque recuerdo haberle contado a todas mis cosas sobre mi oficio de vendedora de lámparas a orillas del Bósforo en la vida pasada. Digo el mediterráneo, porque también les conté que nunca había visto un mar tan tranquilamente azul. Por eso creo que el pasaje de avión que alguna vez perdí, les facilitó el itinerario entre mi casa y ese punto en el mapa cuyas coordenadas aún no descifro.

Yo no creo en los duendes que hacen desaparecer las cosas, yo creo que todas las cosas tienen un par de patas, un par de ojos, hocicos que olfatean la bondad, la idiotez y hasta el sobaco de sus dueños y, sobre todo una neurona especial que les permite componer un decidido “me largo”o un eterno “me quedo”. Esa neurona está ubicada entre el hemisferio cerebral que controla el abandono, y el que controla el apego.

Así, las cosas no piensan en el amor, pero sí practican el olvido, no conocen el tiempo, pero si lo pueden ver pasar.

Entonces, entre todas las cosas que se han ido de mi lado se puede contar una población importante de útiles, para interrumpir, con toda clase de gritos, la disciplina de una hoja en blanco. Siempre me abandonaron rápido, se me perdieron en cuestión de días y horas. No recuerdo un lápiz que se haya quedado conmigo más de una semana. Todos se van, tal vez asustados por lo que puedo escribir sobre la tristeza, por todos los recuerdos que le hago tragar al borrador de nata, por la esclavitud a la que someto al sacapuntas y por la humillación que puede sentir una regla cuando las líneas rectas le causan náuseas a su propia dueña.

Si se hiciera un censo en la República de mis cosas perdidas, también encabezaría la lista una enorme población de aparatos para organizarse el pelo. Todavía no entiendo, si mi pelo es suave, vuela bien con el viento y huele a princesa perdida; por qué todos mis ganchos, hebillas, flores, y banditas se empecinan en encontrar un hoyo negro que los transporte fuera de la selva de mi pelo. Tengo la sensación de que se van por problemas de sobre-población, ya que al habitar mi pelo deben convivir con otra clase de cosas que siempre se quedan prendidas; recuerdos con tentáculos, hebras de otras sábanas, hilos de todos los sacos que me han abrazado, partículas de pieles que ya me han olvidado y hasta ramitas que se me enredan cada vez que corro por el tupido bosque de mis pensamientos.

En la lista seguirían todos los documentos de identidad que he perdido, mas una docena de teléfonos celulares, una veintena de suéteres, medio centenar de termos, cientos de sombrillas y juegos de llaves con sus llaveros. Estarían reportadas todas las billeteras que se han ido, todas las monedas, los billetes, los rumbos, los amigos, las bufandas, las buenas amigas, las grandes oportunidades, la mitad de mi cabeza, los pedazos de uña que muerdo, la cinta adhesiva, las tijeras, siempre las tijeras, los libros, las ideas.

Debe ser una República fuerte y aunque tiene tendencia a crecer todos los días, a veces se estanca; porque así como hay cosas que me abandonan a diario, también hay cosas que se niegan rotundamente a dejarme, como ese par de tennis viejos, esa camisa raída, los audífonos dañados, ese paquete de carne molida que quiere vivir para siempre en mi congelador, ese olor a guayaba que decidió echar raíces entre mis preferidos, el cepillo de dientes que quiere limpiar las barbaridades que digo por el resto de mis días y las ganas de bailar. Todas esas ganas de bailar.

***

Parece que Garland y Barreto se cansaron de ensayar, o tal vez se embriagaron, así que bajaré a la cocina por un té y buscaré algo en la radio para seguir trazando mis mapas.

¿alguien ha visto mis zapatos?

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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7 respuestas a República Independiente de mis cosas perdidas.

  1. Alejandro dijo:

    me encantó tu texto y me hizo pensar en el departamento de cosas perdidas de mi colegio. siempre quise entrar y buscar algo que no se me habia perdido. el otro día pase por una estación de tren donde había también una oficina de cosas perdidas y leí que había una subasta cada tanto tiempo de las cosas que nadie reclama… creo que hacen lo mismo en los correos… en todo caso es bonito pensar en esas cosas huerfanas…

    • jjajja Alejandro, gracias por leer y por ese lindo comentario, casualmente en mi colegio, el lugar de las cosas perdidas se llamaba “El coso” un nombre que no decía mucho pero era mágicamente abstracto. Claramente a mis cosas perdidas nunca les gustó visitar aquel lugar. Gracias por traerme estos gratos recuerdos y por compartir los tuyos. Un abrazo.

  2. Danilo dijo:

    Suena tan bien la ubicación de esa República Independiente. Tal vez por eso las cosas se van, es muy atractivo ese viaje.

    Saludos.

  3. Pilar Jiménez Pardo dijo:

    Nunca me había puesto a pensar en las cosas perdidas. Visitar esa República debe ser grato porque la mayoría de los reencuentros , nos traen recuerdos del pasado , nos sacan una mueca de felicidad o de nostalgia y casi siempre lo que volvemos a encontrar que estaba perdido lo acogemos con inmenso cariño como queriendo compensar el tiempo perdido.

  4. HUGO ILLERA dijo:

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