Con licencia para conducir.


La primera vez que hice un curso de manejo fue a los 14 años. No sé de dónde carajos sacaron mis padres que las clases de manejar iban a ser un gran regalo para mi. De verdad no lo sé, porque nunca expresé el más mínimo interés por aprender a manejar. De hecho siempre fui inmensamente torpe en los karts, en los carros chocones y en cualquier otra mini versión de algún vehículo. Y ni hablar de la tracción animal, la única vez que conduje un caballo acabé dando un espectáculo de gimnasia olímpica (excedido en maromas y botes), rodando con todo y animal por las piedras de Villa de Leyva.

El caso es que pudo más la presión social, pudo más mi abuela diciendo “si un camionero, que nunca hizo el bachillerato puede manjear, ¿por qué tú no?”, pudo más el peso de mis primas, fenómenos del volante que, a los 8 años, ya manejaban como taxistas en cualquier pueblo de Cundinamarca. Y pudo más el terror, siempre el terror; el mundo susurrándome al oído “el día que tus padres no estén cerca y ocurra una emergencia, ¿quién va a manejar hasta el hospital?”

Entonces fui buena hija y tomé el curso de manejo. El señor Jesucristo y la Virgen de la caridad del cobre empezaron a padecer…

Para empezar, mi profesor era una mujer, pero de esas mujeres que en esencia son hombres. Pelo corto, palillo en boca, maciza como una llanta de tractor. Una camionera, de la más alta estirpe del reino de las trochas, ella debió ser Miss Rimula 1976 y seguramente manejó volqueta, tractomula y hasta grúa. Con toda esa delicadeza me enseñó, uno por uno, los secretos del arte de la conducción, animándome con frases como “vamos por el carril del centro mi amor, como las reinas”.

Rodeadas por la exótica belleza de barrios como Álamos y el 20 de Julio, íbamos en nuestro pequeño Chevrolet llamando la atención de los demás conductores, que pitaban como locos con sólo vernos. Así pasé diez sesiones, sumergida en la apoteósica y casi filosofal misión de encontrar el “punto de contacto” entre el “embrague” (porque si decía “clutch” me daba una palmada en la pierna) y el acelerador. Ni hablar del trabajo que me costó. La miserable me hizo sufrir como si estuviese buscando el “punto de contacto” entre la conciencia y la inconciencia, pero sin la inteligencia de Freud.

Aunque completé el curso, nunca saqué el Pase (la licencia de conducción). Mi adorado, pero poco paciente padre, se encargó de traumatizarme con un grito trasatlántico después de que golpeé su carro contra un andén en nuestra primera salida al tráfico real.

Pero mis padres no desistieron. A los 21, cuando me gradué de la universidad, me regalaron un carrito. Así las cosas, las clases de manejo volvieron a mi vida.
Esta vez la elegida fue, tal vez, la academia de conducción de más mala muerte en todo el perímetro de Cedritos. De las clases recuerdo varias cosas, entre ellas una lección sobre cómo cambiar llantas dictada un sábado a las 8 de la mañana, cuyo objetivo principal fue brutalmente cegado por la gruesa neblina de mi guayabo. Desde ese día es oficial mi ineptitud para cambiar llantas. También recuerdo a mi profesor, esta vez un raudo personaje, original de algún pueblo de clima templado, que cuando tuvo ganas de orinar no guardó pudor alguno y me pidió que le arrimara a un potrero porque ya “la boca le sabía a champaña”. Acto seguido, bajó del carro y orinó el césped en mis narices.

Hacia la cuarta sesión tuve un profesor de más edad y menos pelo, cuyo barrio preferido era el 7 de Agosto, lugar de calles ahuecadas con cráteres lunares, en donde tuve que superar lo que llamé en ese entonces “El desafío del Perico”. Mr. Viejo bajó de repente en una tienda y se compró un Perico (café con leche corrompida), se montó al carro y me retó: “vamos a dar un paseo por el 7 de Agosto mi reina, si me haces regar el perico, no te paso el examen” por supuesto, mi poca habilidad al volante nos llevó de hueco en hueco y el Perico de Mr. Viejo se redujo a algunos charcos, desperdigados por el tapete del carro y por su pantalón. Afortunadamente la aprobación del examen no dependía de él en realidad y unos días después tuve mi licencia en la mano (aunque, por la calaña de la escuela, aún hoy en día dudo de su validez).

Nuevamente, mi padre me sacó a practicar al tráfico real, pero aquella salida no fue mejor que la primera: de un momento a otro, cada intento de arrancar el carro era fallido, y el corcobeo de la máquina nos hacía ver tan ridículos en el denso tráfico, que mi padre, ya desbordado en la histeria, comenzó a gritarme hasta que logró hacerme romper en el llanto más desconsolado e impotente. Pero si pensaba que todavía había algo peor, estaba en lo cierto: el señor del carro de al lado había presenciado la escena desde el principio y ahora se empeñaba en bajar la ventana para gritarme, de carro a carro, de ser humano a ser humano desgraciado, que todo iba a estar bien, que todo el mundo había tenido que pasar por las mismas.  Fue escarnio público para rematar.

Pero el mundo al carajo, dos horas y muchas lágrimas después, mi padre tuvo la decencia de caer en cuenta de que el carro no arrancaba, simplemente, porque yo estaba poniendo el cambio en tercera, en vez de primera…(papá te amo).

Ahora tengo mi licencia. Después de 5 años de estar manejando, puedo decir que no soy una conductora llena de habilidades, pero me alcanza para llegar tranquila a cualquier destino (excepto los que incluyen carreteras). Ruedo por las autopistas con gracia y hasta puedo cantar y manejar al tiempo. Me encanta vociferar todo tipo de malas palabras a los otros conductores y darle cuerda a ese pedazo de busetero que todos llevamos dentro. Puedo arrancar en subida, parquear en reversa y hasta comer hamburguesa al volante.

Me pongo el cinturón, reviso los espejos, meto primera, “punto de contacto” y me voy…

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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8 respuestas a Con licencia para conducir.

  1. Juan Diego Jaramillo (@Elcontramaestre) dijo:

    Ja! pero si la mejor conducción es la carretera, es la única forma de libertad en 4 llantas, de resto son micromovimientos entre cuadras que diluyen el espacio-tiempo, ¿10 cuadras media hora? Carretera, 100 kms en poco más de una hora. El Camino, La Carretera son la mejor cura contra toda forma de olvido.
    Como decía Jack Kerouac: “we had longer ways to go. But no matter, the road is life” On The Road.
    Qué buen escrito!

  2. Lalu dijo:

    Ay no, ¡me reí!

    Yo soy un animal al volante. Mis papás nunca me gritaron mientras manejaba y desde que tengo memoria, me prestaron el carro. El problema es que me lo prestaban en la finca, carreteras destapadas donde uno no se encontraba más carros y no estaba sometido al estrés de manejar en el tráfico real.

    Cuando era chiquita, prefería jugar cosas que no requirieran mucho movimiento o leer, era muy ñoña. De ahí que no tenga coordinación, ubicación espacial ni niguna de esas virtudes que uno necesita pa ser un buen conductor. A duras penas aprendía a bailar, despué de años de esfuerzo.

    Como era conciente de mi torpeza y además me lo recordaba todo el mundo todo el tiempo, me ponía nerviosísima cuando empezaba a manejar en Medellín. No era sino que me montara en el carro y ya tenía toda la espalda sudada de los nervios.

    Me choqué varias veces, casi todos los choques muy bobos, pero legó un punto en el que mis papás decidieron que no me prestaban más el carro. Hasta ahora, no me he decidido a comprarme uno, porque prefiero gastarme la plata en otras cosas. Puedo decir que no manejo.

  3. Muy buen artículo como todo lo que escribes Lina, aterrada con todas las trastadas, entro en el personaje y me puedo imaginar los gritos y desesperación de tu papá, jajaja
    y despues de tanto bregar , te veo que ya puedes coordinar varios movimientos al volante.
    Le pido a Dios que te proteja en las carreteras y seas muy cumplida con las reglas del tránsito y tengas la malicia para en pocos segundos reaccionar a las trastadas de los demás. Esperando desde ya saborear el próximo

  4. Danilo dijo:

    Ah carajo, cómo me reí.
    Me acordé de una vez que un profe de conducción proveniente de la costa, se dedicó toda la clase a contarme de manera detallada sus polvos más memorables, con el ánimo de enseñarme el arte de la concentración mientras manejo. Y yo era un adolescente impresionable, no se como logré concentrarme.
    Aún no como hamburguesa mientras manejo, que vergüenza.

  5. Mateo dijo:

    Si lo de sabor a champaña es verdad, ese man es mi heroe.

  6. La princesa dijo:

    Sumerce mi amor distingue de quien es este agradecimiento .Gracias por hacerme reir de manera desen”frenada”.Que cronica! que genio! La felicito mucho por tanta habilidad para el escrito oye Mirandita ( dedo indice derecho a pabellon auricular derecho)

    Mejor dicho, en menos de lo que canta un gallo corro a leerle esta nueva “leccion” a la abuelita mia ( disculpe que mi escrito no posee lo que es la tilde, pero no he aprendido como usar la tilde en este teclado….. todos tenemos nuetras taras)

    Creo que fuimos a la misma academia de conduccion en Cedritos. Pero a mi me estafaron porque no hubo ensennanza del cambio de la llanta, y el dia de la leccion de parqueo en reversa, que iba a ser en el parqueadero de Carulla ( cuando era gratis), al profe le parecio mejor idea ir a comerse un roscon con bocadillo y kumis en la panaderia del supermercado, que ensennarme el bello arte de la parqueada en reversa.

    Y como dice la abuelita mia ” No siendo mas el motivo de la presente, desaparece este fantasma”, no sin antes FELICITARTE ! Excelente trabajo ( como todos los anteriores)

    Ya quedo pendiente del proximo! ( Como cuando terminaba de leer la revista Monos del Espectador….. y sentia la emocion de la proxima que venia! jajja)

  7. Mila dijo:

    Lini!!!!jajaja reí!
    Reí!
    Me encantan las descripciones…excelente!
    Besito.

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