Lecciones de salsa para el Tío Sam


Este texto también fue escrito por mí y editado por N. Vallejo para la revista LEVEL (no sobra un agradecimiento a mis estrellas de Fania, que me sacudieron toda la arena de coco para poder escribir esto y al Doctor Cesar Miguel Rondón, cuyo libro sobre la salsa hizo las veces de diccionario y de biblia para mi artículo).

Si el mister quiere desoxidar el esqueleto, he aquí cómo introducirlo a la máxima ciencia del sabor.

Récele a Tito, dese la bendición, derrame en el suelo algo de ron para los santos, recite siete veces “Químbara, cumbara, cumbaquím bam bam” y siga, uno por uno, los cinco pasos que vienen a continuación.

Si el gringo quiere desencuadernarse, es hora de enseñarle la lección.

Lección #1
Antes de mandarlo pa’ la pista, donde suena esa furiosa melodía que Richie Ray y Bobby Cruz bien bautizaron como “Sonido Bestial”, debe preparar al norteamericano para la acción, pues si bien este viene del país de Rambo y G.I. Joe, no nació propiamente preparado para bravear en este tipo de situación.

Para bailar salsa antes hay que entenderla, por lo que no sobra una breve History Class. Cuéntele que la salsa más popular nació en su casa, pero también en la nuestra, que fue algo que construimos entre los dos, que brotó entre las calles del llamado Spanish Harlem y en grandes salones de baile como el Cheetah, donde se reunieron por primera vez, en 1971, unos jóvenes que más adelante serían una constelación de estrellas, las de la Fania, en una primera descarga que representó el inicio de toda esta expresión y que marcó la historia de la música latina para siempre. Cuéntele que la salsa nació como una respuesta de los músicos latinos ante la marejada de pop que llegó a los Estados Unidos a principios de los 60, de la mano de The Beatles, que fue el oxígeno que animó ritmos moribundos como la charanga, el montuno, el mambo y el son.

Cuéntele a ese gringo que la salsa no es un género. Dígale que es una religión.

Y si no le cree, háblele de Héctor Lavoe.

Lección #2
Si el gringo se pone animoso, cálmele la brincadera y manténgalo quietico con una llave de karate. Luego oblíguelo a observar, porque para saber bailar hay que saber mirar.

Que mire, que vea, que la salsa no se baila con el cuerpo, sino con las entrañas y con las penas. Que no se trata del viejo “un, dos, cha, cha…”, porque los pasos son lo de menos: para bailarla hay que dejar el cuerpo en la puerta e ir adentrándose en la pista con el alma. Con la vida entera. Será difícil que lo entienda, pero insístale en que se regale a la voluntad de las tumbadoras, al golpe impetuoso de los timbales y al crudo aullido de los trombones que introdujo en la salsa el propio Willie Colón, esos sonidos violentos, como los gritos desesperados del latino oprimido en un barrio marginal de Nueva York.

Si el gringo se le asusta con el karate, métale un ron doble y hágale un pequeño quiz para que aprenda que la salsa es música de barrio de inmigrantes de la sierra, del monte, de la playa, música del trópico de cemento, del mar de asfalto.

Dígale al gringo que la salsa es música del caribe urbano.

Ahora, si el mister se antoja mas de lo debido y quiere aprender a sandunguear antes de tiempo, que se unte de maleza, de arroz con habichuela y de carne “guisá”, como lo cantaría el Gran Combo de Puerto Rico. Y cuando haya terminado, preséntele al guapo del barrio para que aprenda a respetar. Que sea el mismo Juanito Alimaña quien le de un paseo por las esquinas, que le muestre cómo es que se baila, porque a quebrar las caderas se aprende es esquivando unos cuantos problemitas.

Lección #3
Métalo a la pista de baile de a poquitos. Por cada paso, un traguito. Por cada torpeza, un regaño: “Agúzate gringo que te están velando”, diría Bobby Cruz.

Recuérdele al dude que la salsa es violenta pero elegante, que esta selva es cruel pero sobrada en estilo. O en sus palabras, en styling. Por lo mismo, dígale que es hora de un makeover. Encuérelo, bótele la t-shirt y despéinelo bien. Sobre el pecho, cuélguele una cadena de oro macizo, ojalá con un crucifijo. Dígale que para bailar salsa hay que vestir bien. Que tome ejemplo de Jhonny Pacheco, de lo que usó para dirigir la descarga inicial en el Yankee Stadium de 1973, frente a 40 mil espectadores, en un show que pasaría a la historia pues evidenciaría el boom definitivo de la salsa.

Solo entonces quítele los sneakers y póngale zapatos de charol. Y si se niega a desabotonarse la camisa de seda, pídale al viejo Willie que le grite “¡Échate pallá, que tú no estás en ná!”, para que Mister Washington se ponga bien bravo y bien maloso y así la salsa le brote como es; o sea, del instinto de conservación.

Lección #4
Acérquese al DJ y pídale “Salsa y control” de Los Hermanos Lebrón. Esa que reza “Levántate man y ponte duro”. Ya dentro de la pista, consígale una buena mulata que le maree la existencia, dígale que se deje amacizar, apercollar y atarzanar por ella. Deje que aprenda a su manera todos los sinónimos de apretar, porque la salsa se baila es así: apretá. Dígale que no sea tan “polite”, que la salsa es para necios y malandros. Y si se niega a moverse como ha de ser, mándelo a ver cómo bailaba en los conciertos Roberto Roena, el gran conguero de la Fania All Stars, para que aprenda cómo es que vacilan los caballeros de verdad.

Ahora, si el mister se emociona y comienza a gritar “¡Rrrumbaaa!”, párelo en seco antes de que asuste a la morena y dañe las maracas, déle su dosis de buen rejo y dígale que la rumba definitivamente no es la que intentó bailar Jim Carrey en The Mask y mucho menos esa fanfarria de mariachis que retumba por todo Norteamérica como la expresión máxima de la música latina. Escríbale en la frente y con tinta indeleble que no todos los latinos somos mexicanos, que somos Centro y Sur América. Que somos muchos ritmos pero una sola pluralidad.

Lección #5
Antes de que el gringo mate a pisotones a la hembra, recuérdele que pisar no está dentro del programa y más bien vaya dando por terminada la lección. Y es que la salsa no se aprende en la academia, pues más allá del cuerpo está la esencia y esta no se puede enseñar en un salón. Esta corre por las venas y se afina en las esquinas de los barrios, de generación en generación. Entonces si el alumno no mostró mejoría a estas alturas, como última opción queda ir a un hospital y pedir una transfusión, porque es que para bailar salsa definitivamente hay que haber nacido con el chip montuno ya instalado en el corazón.

Ya si esto no funciona, mejor dígale al gringo “I’m sorry my friend”: si nos volvemos a encontrar más adentro del Caribe en la otra vida, esta historia tendrá un final más feliz para los dos. Y es que, como diría Ismael Miranda, “Yo vengo de monte adentro: qué rayos si tengo sabor”.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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2 respuestas a Lecciones de salsa para el Tío Sam

  1. JuanKlee dijo:

    Leí todas las entradas de un totazo.De lejos, esta..mi favorita.Excelente.Viva La voz.

  2. Lina Tono dijo:

    muchas gracias JuanKlee!!! me alegra que te haya gustado🙂

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