Contra el Horóscopo


Texto escrito por mí y editado por N. Vallejo para la revista LEVEL.

Aunque es difícil creerlo, en el mundo hay gente que no sale de casa sin leer el horóscopo. Bueno, existen otros que no salen de casa sin mirar el Weather Channel, pero ese es útil, por lo menos para ahorrarse un gran catarro.

El club de fans y devotos del horóscopo es grande, muy grande.

Más grande que el de las galletas de la fortuna.

Y es que confiarle la suerte a un puñado de estrellas suena hasta más sensato que depositar nuestra poca fe en un Todopoderoso. Para acceder a las revelaciones astrales al menos no hay que darse golpes de pecho ni peregrinar de rodillas por caminos pedregosos. Tampoco hay que pagar mucho –a menos, por supuesto, que se haya caído en las tenazas de Walter Supermercado–: tan solo basta con abrir de par en par el periódico de la mañana, prender la tele, buscar por Internet o inscribirse a uno de esos servicios que envían los secretos astrológicos a diario a cualquier teléfono celular.

Un consejo vale nada más 99 centavos de dólar.

Sí, es más sencillo dejar la vida en manos de las constelaciones.

El típico horóscopo está escrito en términos tan generales que lo mismo podría funcionar para determinar la vida de una vaca en el campo. De una vaca Sagitario. Ya me imagino a los redactores encargados de garabatearlo, expertos astrólogos atentos a la bóveda celeste, interpretando la escritura de los cielos.

Sí, claro.

Los dueños del negocio saben que el hombre promedio suele estar necesitando un asidero firme en este mundo que siempre se le presenta tan abismático. Ellos saben que una lectura tan genérica no basta, que la gente necesita una guía más concreta que el simple “Velas blancas, muchas velas blancas”, y por eso siempre están dispuestos a ofrecerle una lectura más personalizada: y claro, entre más pague, tendrá información más detallada sobre esa mujer que está detrás de su marido, sobre el negocio que le espera a la vuelta de la esquina, sobre qué echarle a la sopa, sobre dónde poner su plata.

Ay, Dios.

Y es que nada resulta más tentador que husmear en el único terreno que se nos está verdaderamente vedado: el futuro, ni nada más práctico que organizar nuestra vida según lo dicten los astros. Que como soy Tauro entonces nací para reproducirme. Que si somos Aries entonces no nos convienen los Capricornio. Que esa es Piscis entonces se orina en la cama. Que ese es Sagitario entonces es tarado. Que como ese es Leo entonces y los Leo son muy “artistas” entonces no me sirve para este trabajo. No contentos con los de siempre, ahora tenemos otra categoría de prejuicios: los zodiacales.

Vaya…

Según la pseudociencia zodiacal, cada carácter está determinado por la fuerza que los astros ejercen sobre él. En ese orden de ideas, si a usted le da por robar un banco, por pegarle a su mujer o por salir a la calle sin ropa, no es realmente su culpa: es culpa del cielo. Así las cosas, los delincuentes deberían utilizar el horóscopo como argumento de defensa. De esta manera, en los juicios no sería extraño escuchar declaraciones como “¿Y yo qué culpa? Soy Mercurio Señor Juez”.

Entre los pliegues del espacio también se ocultan nuestras mediocridades.

Hay personas que consultan el horóscopo para elegir desde su carrera hasta en qué lado de la cama dormir. Hay quienes no se cortan el pelo si la luna no está en cuarto menguante. Hay quienes dejan sus faenas sexuales para cuando su astro esté en su punto dominante. También, por supuesto, existen aquellas que no se atreven a pisar el altar si su pareja no es de un signo compatible. Así es. Casos se han visto de novias que rechazan el anillo con frases como: “Lo siento, Lázaro, pero para casarnos te tocaba nacer de abril 19 a mayor 21”.

Lo que llaman “fatalidad”.

Hay cánceres que no se casan con escorpiones. Rounds a muerte entre tenazas y aguijonazos. Hay primeras citas frustradas por una pregunta clásica. Y es que ese “¿Qué signo eres?” puede ser tan fatal como las sentencias de ese hombre con cara de señora llamado Walter. Peor aún cuando el interesado no pregunta, sino que, fiel a su olfato supersticioso, intenta adivinar nuestro signo para luego encasillarnos y anularnos: “Tú debes ser Aries, ¿verdad? Los Aries suelen ser así: inestables”.

Malditas sean las constelaciones y sus designios.

Si estás intentando seducir a alguien, toma nota: no saques a relucir tus dotes psíquicos y/o paranormales: ESPANTAN. Si quieres un novio o un trabajo o unos senos de silicona, no los busques en las estrellas.

Que si las estrellas son estrellas, es porque son caprichosas.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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