Los últimos versos del doctor Jiménez

A don Tulio ya lo habíamos llorado.

Fue una tarde de julio de 2008 en la sala de espera del tercer piso, en la Clínica Country de Bogotá.

Ahí, en medio de un revuelto de olores a fármacos y café, el cura Iván, que mi tío Gustavo había mandado a traer, nos hizo tomar de las manos. Mis primas lloraban sin consuelo, mi abuela miraba al suelo con la vista perdida entre un océano de tristeza y mi mamá se refugiaba en esa seriedad con la que siempre decide enfrentar sus emociones.

El sacerdote, que vestía jeans con tenis y parecía más un bacán del barrio que un legionario católico, intentó tranquilizarnos con palabras sensatas sobre la vida y la muerte. Insistía en que el doctor Jiménez había tenido una vida espléndida al lado nuestro y que, aunque ahora se estuviera yendo, siempre podríamos honrarlo viviendo con entusiasmo nuestras propias vidas.

Para los médicos de la clínica Country estaba claro que el doctor Jiménez se iba a morir. Eso indicaban los resultados de los exámenes, después de haber diagnosticado tardíamente una apendicitis que degeneró en peritonitis y que fue descomponiendo a don Tulio lentamente.

Ante aquel panorama terminal, mi mamá y sus hermanos le pidieron al cura que  aplicara los santos óleos. Al fin y al cabo, el doctor Jiménez pasó casi 25 años en la Compañía de Jesús pensando en ser sacerdote y no podía irse sin la bendición.

Mientras el cura Iván le ungía la frente con aceites sagrados y cantaba rezos en una lengua que sonaba más a sánscrito que a latín, en la sala de espera todos seguíamos intentando controlar el llanto. Esperábamos nuestro turno para ir a despedirnos.

Mi abuela ordenó que entráramos de a dos a la habitación y nos advirtió que no podíamos tocar nada, ni hablar.

A mi hermano y a mí nos tocó después del cura. Entramos a la habitación temerosos de lo que nos tocaba ver. Y ahí estaba: atravesado por tubos, dormido pero visiblemente incómodo, tan sereno pero tan perturbado por toda esa maquinaria médica que intentaba mantenerlo vivo.  Ahí estaba. Él, que era todo razón, en un estado irracional. Él, que tenía una memoria de diamante, olvidándose de sí mismo. Él, que podía explicarlo todo, atascado en esa escena surreal.

Mi hermano Daniel puso sus brazos a mi alrededor como queriendo protegerme de aquel dolor. Permanecimos junto a la cama unos minutos, mirándolo sin entender cosa alguna y luego, desobedeciendo a mi abuela, deslicé mi dedo índice despacio por el colchón, hasta tocar el de él.

Aquí estoy abuelo, ¿dónde estás tú?

Una hora luego de que la ronda de visitas terminara, nos encontramos otra vez todos sentados en silencio, en la sala de espera. De repente, uno de los médicos abrió las pesadas puertas que separan el corredor de las habitaciones y se paró frente a nosotros sosteniendo algunos papeles en la mano. Eran los exámenes más recientes. ¨No podemos explicar por qué, ni cómo, pero Tulio César está mejorando¨, dijo confundido y se fue.

El doctor Jiménez fue dado de alta una semana después. Mi abuela, como buena matrona del Valle del Sinú, mandó a poner patas arriba la casa: le ordenó a las empleadas del servicio trastear camas de cuarto en cuarto, instaló una ducha especial, barandas y agarraderas de todos los tamaños, mandó al conductor a traer una cama de hospital que consiguió y finalmente dispuso una habitación equipada hasta con enfermera, para atender a mi abuelo en casa.

Don Tulio se recuperó como si lo que hubiese tenido no hubiera sido una peritonitis asesina, sino una gripa insípida. En cuestión de un mes ya andaba otra vez pidiéndole a la enfermera que le sintonizara el programa de Fernando Londoño Hoyos en la radio.

***

Desde que supe que estaba oyendo a Londoño otra vez, decidí ir a almorzar con él todos los jueves, sagradamente, con una devoción que no profesaba por nadie más en la vida. Cada jueves al medio día dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo en la oficina, me subía a un taxi y llegaba a su casa para comenzar alguno de nuestros rituales.

Algunas veces, a petición de él, repasábamos lecciones de inglés. El doctor Jiménez lo aprendió muy joven en la Compañía de Jesús, junto al latín, el francés y el italiano. Yo tenía 24 años y le enseñaba con paciencia a hilar frases en inglés que él, a sus 91, había olvidado.  ¨Mi amor, recuérdame cómo se dice nieta en inglés¨ me decía soltando cada palabra con parsimonia. ¨Granddoughter¨ contestaba yo vociferando y exagerando cada sílaba, para que él me escuchara a pesar de la sordera que lo atormentaba hacía muchos años. Casi siempre, al despedirme, le decía ¨see you next thursday¨ y él me contestaba con perfecto ¨off course¨.

Otras veces me ordenaba ir a buscar algunas cartillas de poesía en su atestada biblioteca y me pedía que leyera para él la ¨Canción de la vida profunda¨ de Porfirio Barba Jacob, ¨Palemón el estilita¨ que estaba entre las obras completas de Guillermo Valencia, o la que era nuestra gran preferida: ¨Las Constelaciones¨ de Jose María Rivas Groot. Repasábamos juntos los versos:

¨Y moriréis ¡oh estrellas! en el postrero día…
Mas flotarán espíritus con triunfadoras palmas;
y alumbrarán entonces la eternidad sombría,
sobre cenizas de astros, constelaciones de almas¨

Alguna vez me contó sobre un poema de Diego Fallon que hablaba sobre las rocas de Suesca y otra vez me enseñó una frase en latín: ¨Stultorum infinitus est numerus¨ que reza ¨es infinito el número de tontos¨.

Otros días me narraba escenas sobre sus correrías por la vida política, que bien podrían hacer salivar a cualquier historiador. Pormenores y secretos de pasillo de cuando fue secretario privado de Roberto Urdaneta, presidente que reemplazó a Laureano Gómez durante su enfermedad.

Me habló sobre aquel medio día de 1953, cuando almorzaba con sus copartidarios en un restaurante de la Avenida Jiménez en el centro de Bogotá y un colega llegó corriendo para avisarles que los rumores se habían vuelto verdad: el general Gustavo Rojas Pinilla iba de camino hacia el Palacio de la Carrera – hoy en día Casa de Nariño – junto a su batallón de respaldo, con intención de hacer renunciar a Laureano Gómez. Ese día dejaron los platos servidos y volaron hasta sus oficinas para ponerse al frente del asunto.

También me narró anécdotas de sus días como procurador delegado, gobernador de Boyacá, vice-ministro de hacienda de Misael Pastrana, secretario de gobierno en la alcaldía de Virgilio Barco y alcalde Ad Honorem de Villa de Leyva, su tierra natal, en 1984.

Otros jueves estaba muy dormido para que hiciéramos la visita. Me recibía roncando en su gran sillón de cuero verde oliva y por más que la enfermera le sugiriera despertar para saludarme, él permanecía aplastado por la pesadez de su sueño.

Un jueves decidió contarme la historia de una muchacha muy bella que conoció en uno de sus viajes de trabajo, cuando aún era soltero. Él había ido a trabajar a San Pablo, en Brasil, y una noche, en el lobby del hotel donde se hospedaba, esta mujer se le quedó mirando por largo rato. Al otro día, al bajar de su habitación, un mesero del bar le entregó una nota que ella le había escrito. ¨He quedado encantada con usted¨ decía en portugués. Lo siguiente que me contó fue algo sobre una cicatriz que ella tenía en su vientre, pero en realidad no quise saber mucho más.

A veces, mientras nos tomábamos la sopa en el comedor, me contaba la historia de cómo había conocido a su ¨Cecilita¨, mi abuela, en 1951, durante un viaje de trabajo a Cereté, Córdoba, y de cómo había dejado su carrera jesuita para casarse con ella.

Así transcurrieron los jueves para nosotros, entre ronquidos, poemas e historias en blanco y negro, hasta que en diciembre de 2011 una neumonía mandó al doctor Jiménez por 17 días al hospital.

De esa también salió vivo, pero nunca se volvió a recuperar completamente.

Desde que regresó a casa después de la enfermedad, nuestros encuentros fueron cada vez más difíciles, pues aunque seguían siendo semanales, mi abuelo estaba menos dispuesto a repasar palabras en inglés o a recordar otras épocas.

Muchas veces lo encontré enfermo, escupiendo bolas de flema que se formaban en sus pulmones y dificultaban su respiración. También tuve que tomar el almuerzo sola en varias ocasiones, pues su apetito sólo se hacía más pequeño.

Por esos días empecé a sacar cosas de su biblioteca y a llevármelas escondidas entre la cartera. Sospechaba que ya pronto se iría, pero que esos libros siempre me lo traerían de vuelta.

Y se fue.

Sin avisarle a nadie,  la noche del 5 de junio de 2012 tuvo un pequeño sobresalto después de que la enfermera le pusiera la pijama y cuando mi tía, su hija menor, se acercó para auxiliarlo, él cerró los ojos.

Esa noche, después de 4 años, lo volvimos a llorar.

Nunca he querido recordar a mi abuelo como el cadáver frío y de tez verdosa que vi esa noche, ni como el cubo de madera lleno de cenizas que el personal del cementerio Jardines de Paz le entregó a mi abuela unos días después.

Siempre he preferido guardar otras imágenes de él en mi cabeza.

El doctor Jiménez metido entre su pesada ruana boyacense, sentado a la cabeza del comedor de su caserón en Villa de Leyva, metiéndole la cuchara a una sopa de pata.

Don Tulio vestido de blanco en Cartagena. Inmaculado. Era boyacense pero sabía cómo ser un costeño elegante, desde los zapatos blancos perfectamente embetunados, hasta los pantalones con la línea de la plancha bien marcada y la guayabera de olán florecida y perfumada. Durante casi 60 años de matrimonio y gracias a todo el tiempo que pasó junto a mi abuela viajando entre Cereté, Coveñas y Cartagena, él aprendió y practicó con disciplina aquella ciencia de ser costeño.

Tulio César, sentado al lado de su enfermera escuchando atentamente cada palabra que ella leía del periódico en voz alta.

Mi abuelo, recitando un poema de Luis Bernárdez el día que cumplió 90 años. El mismo que hicimos grabar en la placa que vigila el círculo de césped podado y sembrado de árboles en un lote a las afueras de Villa de Leyva, donde enterramos sus cenizas:

¨Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
por lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado¨

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(1984. Mi abuelo y yo en Cereté).

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Hola Soledad.

Aún no recuerdo quién me enseñó que el fin último de la existencia humana es encontrar pareja. O tal vez nadie me lo enseñó. Es muy probable que, como tantas otras ideas, aquella haya sido concebida en medio de una de las escenas de Shakespeare que constantemente se reproducen en las salas de teatro de mi cabeza.

O tal vez fueron las películas de Disney, en las que al final hasta el más pendejo termina emparejado.

Después de verlas, uno crece creyendo que -como reza la porcina lengua popular- ¨a cada marrano le llega su diciembre¨ y que por la ley divina del amor, cada príncipe tiene a su princesa, cada amiga fea se casa con su gordo bonachón, cada retrasado mental consigue a su tontarrona, todo repartidor de leche conquista a su niñera y por supuesto, hasta el perro vagabundo termina preñando a la perrita más distinguida del barrio.

Y uno se pasa la vida jodida, porque según las películas las princesas viven en castillos, en reinos ¨muy, muy lejanos¨; pero va uno a ver y apenas si puede costearse un apartamento de una alcoba, y eso de vivir en reinos lejanos como Chía o Cota, sólo hace que los ¨príncipes¨ pronuncien la misma frase que cualquier taxista miserable en Bogotá: ¨yo no la llevo hasta allá¨.

Jodida, por haber visto tantas veces el ballet de la Bella Durmiente, y a Aurora delirar tras pincharse el dedo con una rueca, dando puntaditas de pies de la forma más sublime y sollozándole a toda la corte del palacio, mientras baila delicadamente su desdicha. Y uno quiere hacer la misma escenita de princesa cada vez que sufre, pero resulta que la rueca es un jinete cabalgador de bestias que lo dejó a uno botado alguna vez en la mitad de la Caracas y que las puntaditas de pies son pataletas de borracha, y que el sollozarle a la corte, no es otra cosa que ir a llorar otra vez sobre las piernas de la mamá, porque en realidad es a la única que le importa.

Jodida, porque eso de babear la almohada no tiene nada de bella durmiente.

Lo curioso es que no recuerdo que alguna de esas películas, obras de ballet o programas de televisión tuvieran un personaje solitario. Miento… sí recuerdo a personajes solitarios; pero no recuerdo a personajes felices de estar solos.

Por estos días en que la soledad es lo único se me mete a la cama, y ahora que no he tenido  más remedio que arruncharme con ella los domingos a pasar los guayabos mientras esperamos domicilios de pizzas y jugos de fresa; he tenido la sensación de que el mundo que me rodea no comprende muy bien a los que andamos solos.

En mi caso, siento como si el mundo entero fuera un dedo de tía enorme, que me apunta amenazante todo el tiempo y luego señala un reloj biológico cuyo minutero indica que ya estoy en edad de merecer, y termina dibujando una línea delgadísima, para mostrarme qué tanto se parecen las palabras ¨sola¨ y ¨solterona¨.

Mi abuela me mira con preocupación. Mis padres, aunque muertos de amor, me tienen un poco de pesar y se la pasan invitándome a cine.

Y aunque me ha costado momentos de mucho dolor y litros de lágrimas entenderlo, esa vieja que duerme ahora conmigo, Soledad, me ha estado enseñando que si la vida me obliga a vivir con ella, lo mejor que puedo hacer es ignorar ese enorme dedo acusador, prestarle mis tacones favoritos, embutirle unos aguardientes y  sacarla a bailar, sin esas enfermas ansias de encontrar a un príncipe, sin buscar parejo; sino con el que buena y honestamente quiera sacarnos a bailar. Ah, y si no nos sacan a bailar siempre será una posibilidad el morir de la dicha bailando solas.

Igual voy a tener que redactar un acta de convivencia, porque a veces a Soledad le da por despertarme algunas madrugadas a recordarme historias llenas de fantasmas. Yo también a veces le hago trampa a ella, enredándome en novelas inútiles. Pero ahí vamos bien, negociando los horarios poco a poco.

El otro día cumplí años y fui con Soledad a comprarle de regalo jabones de miel, aguas de jazmín y novelas sobre Rusia.  Al fin y al cabo yo soy ella, ella es yo.

Acordamos ponerle pausa un rato a los inventos de Disney y no hacer mucho más que lo que hicimos esa tarde: embellecer soledades. Si alguna vez apareciera alguien, no debería tratarse más que de saber compartirlas.

Ya lo dijo el gran Rolando Laserie: ¨Hola Soledad, no me extraña tu presencia¨.

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Tres películas para recordar qué tan cafre eres.

Lo supe a los 8 años, cuando caminaba una tarde por la calle, agarrada de la mano de la niñera, y vi a una viejita -que andaba dos pasos adelante de nosotras- tropezar aparatosamente con una deformación del cemento y darse un monumental costalazo, aterrizando de bruces contra el suelo. Se le rompieron las mediecitas veladas.

Lo supe, porque mientras la empleada corría instintivamente para levantar del suelo a la ancianita, yo no pude moverme de mi sitio. Estaba poseída por un ataque de risa paralizante, titánico, abrumador. No fui capaz de ir a ayudar y en cambio solté risotadas hasta llorar, fascinada con la desgracia ajena. Ni siquiera me fue posible disimular.

Esa tarde, sin haber entendido aún las vicisitudes de la vida, lo supe bien: no había mucha esperanza para mi. Nunca la habrá. Soy un ser inútil para el bien de la humanidad. Gozo cuando el prójimo se costalea. No respeto a la tercera edad. Se me hace agua la boca con la vergüenza ajena.

Y toda la vida he podido confirmar que soy el hampa de la familia, porque tengo un hermano que parece más santidad que ser humano y ha dedicado la mayoría de sus 21 años a trabajar con niños de escasos recursos en campos de verano, a echarse al hombro una importante cantidad de obras sociales y sobre todo, a hacerlo con un amor realmente desinteresado. A veces pienso que mi hermano es demasiado para este mundo. Y a su lado yo no he hecho más que consagrarme como el berrinche con patas, perpetuando una pataleta tras otra a lo largo de mi existencia, embebida siempre en mis mortíferos despechos y obsesivas relaciones. Desentendida del mundo, concentrada en mi propio ombligo y como diría el gran Auster “olvidada de todo lo que no fuera el estrépito de mi invento”.

Por ejemplo, el día de su cumpleaños mi hermano escribió en su facebook que lo único que quería de regalo era que cada uno de sus amigos hiciera algo ese día para regalarle una sonrisa a un niño necesitado. Bendito su corazón.

En cambio yo, el día de mi cumpleaños, no hice más que joder hasta que logré que mis amigos atravesaran la ciudad para reunirse conmigo en un bar en el centro de Bogotá, gasté la quincena en botellas de ron, y de uno a diez me emborraché un once – doce, dejando huellas de estelas gástricas por todo el lugar.

Y todo siempre ha sido así. Mi hermano va por la vida saludando a cuanta persona encuentra en su camino, le charla a los taxistas, hace visita con los porteros, comenta cosas con el vecino de puesto en las salas de espera. Yo soy capaz de dejar ir el asensor si llega ocupado, sólo para evitar saludar a quienes van adentro y ahorrarme una pobre conversación sobre el clima o la triste realidad nacional. Menos mal Daniel saca la cara por mí.

Pero en todos estos años, no sólo ha sido mi amadísimo hermano el encargado de colaborar en la re-afirmación de mis poco éticos valores. También han sido ciertas películas, cuya trama se empecina en recordarme, a mí y a muchos -apéndices sociales-, el despropósito que somos, en general.

He aquí un top tres de esas películas que volví a ver hace poco. Las encontré en internet, en MovieCity Play:

En tercer lugar está ¨Pulp Fiction¨. Porque la biblia dice “por más que dediques dos tercios de tu vida a ello, nunca llegarás a ser tan cool como Uma Thurman o John Travolta”. Está permitido ser patético, ser malo, necio o pusilánime, pero sólo si te ves bien mientras lo eres. Si uno intentase sostener una pistola, seguramente seguiría siendo la misma hueva en sudadera con ganas de matar a alguien. Y de tener trajes negros como los de Travolta y Samuel L. Jackson, igual seguiría viéndose como uno de esos ejecutivos que caminan lento por la calle a la hora del almuerzo. En fin.

En segundo lugar está ¨Men of Honor¨ la historia del primer buzo afro americano que tuvo la US Navy. Al tipo le hacen la vida imposible por ser negro, lo tratan como basura, lo humillan todos los días, le dicen que no es capaz. Pero él insiste, persevera y lucha por su sueño de ser buzo, hasta que lo consigue después de una gran dosis de sacrificio y sufrimiento. En cambio uno siempre se rinde a la primera, ante cualquier frustración va y se mete a facebook para ver quién vive aún más frustrado. Si a no sirven los sueños con la sopa del almuerzo, uno no se molesta en ir a buscarlos.

Y en primer lugar, por supuesto, está ¨La vida es bella¨. Todos los que son como mi hermano y como el protagonista, seguro sobrevivirían a otro holocausto; pero alguien tan débil, ególatra y malcriado como yo seguramente moriría de inmediato. Es más, yo no moriría ahogada en una cámara de gas, sino linchada por mis propios compañeros reclusos. Por cansona.

Algún día aprenderé a servirle al mundo para algo más que reírme de la desgracia ajena, comer mandarina en recintos cerrados, hablar por whatsapp y escribir tonterías.

O tal vez la vida no me puso aquí para nada más que eso.

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Están todos locos por el fútbol.

El fin de semana fue largo. Se acabaron las películas, se amontonaron los platos sucios y hubo tanto tiempo para pensar, que las tristezas terminaron encaramándose una encima de la otra. Hasta me alcanzó para hacer algo que no acostumbro: ver documentales.

(Un domingo ya no tienes quien te abrace por horas y entonces ves documentales. Qué inventos trae la soledad bajo el abrigo).

Entré a internet y no encontré abrazos en Amazon, ni una técnica para olvidar en rebaja, pero sí un gran documental: “Fútbol Violencia S.A.”, hecho en Argentina, por supuesto, y revelador de las instancias a las que ha sabido llegar esa locura llamada fútbol. Son una serie de testimonios de personajes que se involucran de varias maneras con este deporte; unos por conocerlo bien y estudiar sus repercusiones políticas y culturales, y otros por ser sus víctimas: madres que perdieron a sus hijos en lo más profundo de las barras bravas.

Después de verlo me quedé pensando (nada que se acababa el fin de semana) y sentí que al fútbol debieron sacarlo hace rato de la lista de deportes, para incluirlo en la de trastornos mentales.

Enloquece a los hombres. Gobierna el mundo.

Sólo él logra que los hombres ya no piensen en una cosa (sexo), sino en dos (sexo y fútbol). Pareciera que fuese un alivio. Porque pensar en tetas y culos las 24 horas del día y no poder agarrarlos sino cuando a una mujer -casi siempre llena de obstáculos- se le de la gana, tiene que ser una tortura ¿verdad muchachos?.

De un tiempo para acá las mujeres hemos tenido que ver, casi siempre desde las graderías, cómo la tierra se ha ido “futbolizando”. Por eso hay gente muerta en ese documental, porque los hombres han “futbolizado” la vida y en los alrededores de los estadios, ella vale lo mismo que un triunfo o una derrota en la cancha. Tu equipo ganó, el mío perdió; no se diga más: te vas pal carajo.

Digo que las mujeres vemos todo esto desde las graderías, porque cuando viví en Buenos Aires comprobé lo que alguna vez me dijo un ex amante/tormento/amigo: los argentinos viven todo el tiempo adentro de un estadio. Uno sale una noche y basta para probarlo. Aunque estén en una discoteca, se comportan como lo hacen en una barra brava: brincan juntos como orangutanes recién alimentados, lo van agarrando a uno sin pedir permiso, como si uno fuera cualquier perro caliente de estadio y gritan las canciones con esa modulación llena de hondas vocales que, si bien logran animar a sus jugadores favoritos, también fastidian al punto del delirio a todas las mujeres alrededor.

Me quedó clarísimo el por qué las argentinas, aunque adorables, son la encarnación contemporánea de la histeria femenina. Están locas. Todas. Pero no las culpo.

Y es que puede Adriana Lima paseárseles en calzones por el frente (y ya no hablo sólo de los argentinos, a quienes a pesar del delirio llegué a apreciar mucho), pero si están dando el partido no hay Adriana, ni Dios, ni volcán en erupción que distraiga. Puede dañarse la rotación de la tierra y ellos no se enteran, pero se daña la mesa del futbolín en la oficina y hay que ver cómo se enfilan como Boyscouts para arreglarla.

Ah, pero tampoco los culpo. Aunque por varias razones ya no me interesa, y aunque sea la que escribe toda esta diatriba, yo misma fui una loca del fútbol en una época.

Cuando tenía 15 años me contagié irremediablemente con esa fiebre que enfermó a muchos colombianos, transmitida como pandemia por el azul y oro del Boca Juniors, y más exactamente por ese muro de contención que era el Patrón Bermúdez, esa cabeza de diamante que era la calva del Chicho Serna, brillando en la bomba central de La Bombonera y ese hombre araña que era don arquero, Oscar Córdoba.

Recuerdo todo lo que me llegó a gustar el fútbol en esa época. Al punto de llenar el interior de mi armario con una cantidad abrumadora de afiches (mi mamá vivía preocupada por que tuviera encerrado en un corazón a Farid Mondragón y no a Brad Pitt). Uno de ellos era una foto del Chicho Serna, publicada en primera plana del periódico, sentado sobre la esquina de un arco, ondeando una inmensa bandera de Colombia, con su sonrisa dientona, caricaturesca. Fue la noche que Boca salió campeón de la Copa Intercontinental de clubes en el estadio nacional de Tokio. 2 riflazos de Martín fueron suficientes para dejar aún más pálido al Real Madrid (todavía me pregunto ¿cómo carajos hicieron para encaramar al enano del Chicho sobre el arco?).

Estaba loca por el fútbol, conocía alineaciones, directores técnicos, apellidos, de hecho veía partidos de otras ligas y sabía -sin necesidad de hablar alemán- a qué se estaba refiriendo un hombre cuando decía “Bayer Leverkusen”.

Todavía no sé si me dejó de gustar, o si simplemente es demasiado para mis nervios. No soy capaz de ver un partido de la selección Colombia. Es como un ex novio que no puedo ver por miedo al dolor. Entro en crisis.

Pero la cosa es que el fin de semana estuvo largo y el documental muy bueno, si lo quieren ver pueden encontrarlo en MovieCity Play, con buena calidad y buen tiempo de descarga.

Y sigan futbolizando la tierra si quieren, pero hombre, no se maten.

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Mamá, quiero ser mutante.

Hubo una época en mi vida (mucho antes de caer en las confusas aguas de la adolescencia) en la que repetía la misma sucesión de eventos todas las tardes: me bajaba de un brinco del bus del colegio, subía corriendo las escaleras de mi edificio en Cedritos con el morral eternamente resbalando de mis hombros, timbraba en mi casa, me quitaba los zapatos sin desamarrarlos (cochina costumbre que conservo hasta hoy) y me sentaba, triunfadora, expectante, ansiosa en frente del televisor a ver otro capítulo de X – Men, en caricaturas.

Eran mis favoritos, definitivamente. El concepto de la mutación fue lo más emocionante que le pasó a mi vida por esos días (después de “Rodeolandia”, que era la cúspide oficial en la empinada cuesta de mi felicidad).

Ahora que lo pienso, creo que vi tantas veces en acción a Bestia, a Wolverine, a Gambito, y a todos los otros, que desde entonces tengo la -a veces fastidiosa- manía de andar por la vida imaginando posibles mutaciones y soñando algunas noches con que mi cuerpo es bendecido, por obra y gracia de la ciencia, con una habilidad especial.

Estoy segura de que el hecho de haber visto tanto X-Men cuando niña, me llevó inconscientemente, unos años más tarde, a buscar personas con extrañas mutaciones, o con poderes especiales.

Por ejemplo, tuve un novio mutante con pelo fucsia, que tenía el poder de propiciar crisis nerviosas a mi madre; después tuve otro novio mutante, que tenía la asombrosa habilidad de desaparecerse, esfumarse, desvanecerse repentinamente por fines de semana enteros, y también tuve un novio mutante que convertía, con sólo mirarlo, cualquier chorrito de agua en aguardiente (así como cualquier cena en bacanal, y cualquier mañana en una espesa sopa de guayabo).

Y también amigas. Terminé juntándome con una mutante que tenía un poder muy especial: la velocidad. Ella siempre llegaba antes que yo a los brazos de los hombres que a mi me gustaban. Otra tenía un poder parecido al de algunos animales cuando no quieren ser devorados: hacerse la muerta. Después de unos tragos, ella podía quedarse absolutamente desgonzada, inconsciente y ausente de este universo. Un poder asombroso, por supuesto, pero con un inconveniente: tener que cargarla hasta la casa.

Y otra amiga mutante poseía una perversa habilidad: estropear arrocitos en bajo. Ella tenía el poder de saber cuándo uno estaba metiéndole candela a un arrocito por el chat de ICQ para llamar por teléfono e interrumpir la conexión a internet. Y arroz frío, no es arroz.

Definitivamente me dejé afectar.

Luego, ya más grande (pero no mucho más “madura”) fui religiosamente a ver todas las películas de la trilogía. También fui a ver la historia de Wolverine (de donde salí maluca de amor, y cómo no, si desde que tengo 8 años está haciéndome sentir “rarita”) y vi la que  se convertiría en mi favorita de toda la saga: X – Men Primera Generación.

Estuve buscando por mucho tiempo X – Men Primera Generación, para volver a verla (sí, yo soy de las que se ve la película favorita todas las veces que sean necesarias para alcanzar a aprenderse los diálogos). Necesitaba entender otra vez  de dónde venían todos esos mutantes y por supuesto, me urgía casi físicamente volver a ver en aquellos papeles a Michael Fassbender y a James McAvoy.

Dios de todos los cielos.

Afortunadamente la encontré en MovieCity Play, con buena resolución y enterita. Fue una bella noche la que pasé disfrutándola de nuevo. De hecho, se me alborotó la ventolera de la mutación y se me pegó el poder de una de mis mejores amigas mutantes: ella tiene la habilidad de hacer listas para todo. Así que hice una lista de las mutaciones que más me gustaría tener:

*Ser invisible, para poder ir a halarle las mechas a la señorita del Baloto y arrastrarla por toda la cuadra hasta que se arrepienta de ser un tósigo, y de nunca estar en su puesto cuando necesito pagar el recibo del celular.

*Multiplicarme, así puedo fastidiar tres, cuatro, o diez veces más a las personas que fastidio.

*Perder la memoria temporalmente, así no me acuerdo de él.

*Ser la mujer elástica, para poder alargar el brazo desde mi lugar hasta la silla del conductor de la buseta y pegarle un sopapo cada vez que frena sin compasión y me hace aterrizar contra el saco casposo del vecino.

*Hablar con los muertos, para poder seguir repasando las clases de inglés con mi abuelo.

*Imitar voces exactas, para poder tener el tono Christina Aguilera en mi cantar diario en el puesto de la oficina (así no hiero más los oídos de mis colegas). Es una mutación y un servicio social también.

***

Seguiré soñando con mutaciones y mutantes, pero creo firmemente que muchos ya andan entre nosotros, caminando por la calle (y sentándose en las sillas del congreso).

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Spartacus: sangre, sexo y Choco Crispies.

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Desde que me pasé a vivir sola, mis finanzas (finanzas es una palabra muy decente para la cartera matemáticamente imposible de un publicista) no me han permitido hacerme a un servicio de Televisión decente (por decente me refiero a que la mitad de los canales no sean católicos o de música ranchera). Así que me he visto en la necesidad de acudir al internet para poder ver las series que me gustan.

Por ejemplo, mis padres me prestaban muy amorosamente su casa para ver las dos primeras temporadas de Spartacus, pero dicho ritual, celebrado con devoción domingo a domingo, traía muchas molestias al seno familiar, ya por los ronquidos de mi adorado padre, ya por los platos sucios abandonados al lado del televisor una vez terminado el capítulo, ya por las escenas de orgías inauditas, que tan incómodas e inapropiadas resultaban en la cercanía de quienes trataron de educarme como una niña recatada. Así que el préstamo sólo aguantó las dos primeras temporadas de Spartacus (hasta el sol de hoy mi mamá sigue reclamando el por qué nunca pude encaminar toda esa devoción dominguera para ir a misa).

Pero no me quedé sin ver la tercera temporada, porque la encontré -gracias a la intervención de todos los Dioses que descargaron su ira sobre Roma- en MovieCity Play. Era un panorama alentador: podía verla completa en internet; pero sobre todo, podía verla en calzones, explayada cual león marino a lo largo y ancho de mi cama, o devorando una caja de Choco Crispies, sin que nadie pusiera en tela de juicio mi calidad de ser humano. Podía parar el capítulo para ir por más comida, y lo mejor: podía retroceder para volver a verle las nalgas a Spartacus. Una y otra vez.

Ah. Spartacus.

Nunca fui mujer de escenas violentas, ya que tengo un trauma de la niñez, época en la que mi amado padre me acostaba en su hombro a ver toda la gama disponible de películas de Schwarzenegger y Jean Claude Van Damme. Digamos que tuve suficiente. Así que la primera vez que escuché de boca de un amigo una descripción de Spartacus, llegaron corriendo desde mi infancia esas dos palabras capaces de bautizar todo un estilo cinematográfico: puño y patada.

Sin embargo, la vida da muchas vueltas y aunque había dicho que nunca vería Spartacus, parece que mi destino no está diseñado para otra cosa que hacerme contradecir. Así que terminé viéndola, y no sólo eso, terminé idiotizada, hipnotizada, afectada, adicta a ella.

Y cómo no, si es un coctel hecho con los ingredientes perfectos:

Los músculos: no músculos de galán de gimnasio, sino músculos de Hércules, de semi-dios, de matón. En este mundo de Justin Biebers, cómo no enfermarse por esos animales sucios, por esas bestias con nombres románticos y cicatrices dolorosamente sexys (y eso que al actor que reemplazó al original Spartacus, que en paz descanse, le hace falta un hervor).

La sangre: injustamente encasillada dentro de lo ¨feo¨ por las películas de horror, pero elevada a un glorioso altar por Spartacus. Después de ver las 3 temporadas a uno le queda gustando y la próxima vez que va al médico ya no aparta la cabeza en el examen de sangre, sino que mira con sevicia la aguja entrando en la piel, recuerda las heridas abiertas y los miembros de los soldados romanos colgando de un hilo y se da alientos para aguantar el dolor repitiendo mentalmente ¨Mi nombre también es Spartacus¨.

El sexo: tanto sexo sin tapujos, tanta desnudez patrocinada por la misma sociedad, tanta cosa sabrosa. Mejor no sigo.

La Historia: si hay algo juicioso en Spartacus es la revelación de aspectos sorprendentes de la sociedad Romana en aquella época. Eso sí, respira uno aliviado de que el tiempo haya sepultado en parte tanta venérea. Y luego piensa que tal vez sus dioses habrían llevado al mundo por otro camino.

Al final duré casi un mes queriendo atravesarle una espada por la garganta a alguien, sólo para ver saltar el monumental chorro de sangre. Pero, como casi todas las cosas en mi vida, eso sólo pasó en mi cabeza.

Menos mal.

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Memorial de una ida al médico.

No hay nada peor que un médico cabrón.

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Era la tercera vez que visitaba urgencias en el mismo mes y siempre tuve la mala suerte de ser atendida por el Doctor del consultorio No. 2 (que a propósito, tiene un par de nombres de pila de esos que -por ley natural- no se deben combinar, pues cada vez que son pronunciados el uno al lado del otro, alteran la armonía del universo).

La primera vez fui con un nudo de barco pirata en la espalda, la segunda con una sinusitis que me tenía la cara más apretada que la de un e-wok y a la tercera llegué arrastrándome con una fiebre de esas que mataban próceres.

Pero en ninguna de esas ocasiones fue capaz de ser amable, don Doctor.

En realidad no entiendo por qué en sus kilométricos pensums, no les enseñan a los médicos a tener tacto con sus pacientes, como parte vital de su labor. Deberían incluir una materia cuya máxima fuera “ser amable con tus pacientes es el primer paso para salvarles la puerca vida”. Porque así como hay algunos caídos del cielo, los hay también engendros de George Bush.

Después de arrancarse con pereza de la boca las palabras para decirme que tenía 38.6 de fiebre, que debía hacerme exámenes de sangre y de orina, y de evidenciar con un gesto despedidor que le importaba un carajo mi vida, o mi salud, o su vida, o el mundo en general, o cualquier otra cosa; el médico No. 2 se volvió a apoltronar en su escritorio y con la mirada imanada a la pantalla de su computador me dijo que volviera en una hora con las pruebas.

Ay, las pruebas.

Hacerse un exámen de orina a veces incluye la obligación de replantearse la vida, mientras uno hace un esfuerzo de prostituta vietnamita para ensartar el chorro en ese miserable vasito plástico (caramba si no tenemos puntería las mujeres). Dos tareas difíciles de coordinar.

Es simplemente un acto patético, el hecho de cambiar ese melancólico ritual en el que uno “se despoja” de un poco de ser y luego se voltea a mirar con una nostalgia instintiva a ver esa huella orgánica que se ha ido arremolinada para siempre (y a mirar que el inodoro haya quedado limpio, por conciencia social, porque el prójimo nunca necesita conocer esa huella). Es una ceremonia de aligeramiento, un culto a esa levedad tan necesaria para existir. No se puede pensar, ni vivir cuando hay un ritual de “despojo” pendiente.

Así que recoger el “chichí” (sí, me encanta decir chichí) en un recipiente y entregarlo a un desconocido es, en todos los sentidos, un ritual perverso.

Cada vasito es etiquetado con el nombre de su dueño, culpándolo inmediatamente de todas las cosas ilegales y románticas que un riñón pudo haber despedido en una decisión tirana por conseguir el equilibrio (así como un dictador que manda a matar poetas para proteger su régimen).

Y lo más nefasto es la galería donde almacenan los vasitos. Me imagino que la compañía que presta el servicio de medicina pre-pagada simplemente “no tuvo recursos” para comprar un mueble con puertas que puedan evitarle al usuario la desagradable experiencia de tener que ver esa colección de agüitas amarillas de todas las tonalidades. Hombre, uno no le mira los orines a la mamá, ahora va a querer vérselos al vecino de puesto de la sala de espera.

Entonces en la sala de exámenes se traspasan los límites de la socialización y uno no sólo conoce gente, sino que también conoce sus orines y  la selección natural se vuelca hacia el color y consistencia de aquel vasito.

Y el examen de sangre, bueno, esa es otra historia: un beso francés de la muerte para algunos; pero no para mi, que en vez de llorar me he atacado de risa cada vez que le he mostrado la piel a un tatuador, para que incruste sus agujas con tinta y dibuje eternas flores y pájaros en ella.

Me gustó cuando la enfermera eligió el brazo izquierdo y me quedé viendo cuántas veces entró en mi piel la aguja y no encontró la vena diminuta (después de semejante escarbada tuve que pasar una semana escondiendo el morado que me quedó en el brazo para no parecer una junkie). Me gustó cuando cambiamos al brazo derecho y de nuevo vi cómo la gruesa aguja rompía cada hebra de mi brazo y se internaba en la cuenca. Y me dolió. Pero me gustó. Por unos minutos fui el paraíso sin pataletas en el que siempre soñó trabajar la enfermera encargada.

De vuelta al consultorio No. 2, resultados en mano, el Dr. Desidia arrancó las hojas de mi mano con la energía del último manotazo de un náufrago y los observó. A esto siguió una explicación que hizo, llena de términos científicos en algún idioma entre Búlgaro y Ruso. Le pedí una segunda explicación y con el peso de todas las cordilleras del planeta tierra sobre sus hombros, me la dió: no tengo ni idea qué tienes, pero “parece” ser una infección respiratoria. Toma un dolex para la fiebre. ¿No me va a decir nada más?. No niña, eso es todo, te puedes ir.

Gracias por hacerme el grandísimo favor de atenderme Dr. interés. Si no le pagan lo suficiente, su esposa es mal polvo, o su equipo se fue a la B, no es mi culpa. Es suya, por no hacer nada al respecto.

Salí del consultorio No. 2 drogada con 1 gramo de Dolex e incendiada ya no de la fiebre, sino de la ira, gracias al Dr. Dicha de Vivir.

Después, en la soledad de mi convalecencia y engalanada con mi sudadera más rota, tuve tiempo -de sobra- para reflexionar y me di cuenta de que toda esa ventolera en mi pecho había sido producto de una encalambrada racha de estrés. Me propuse hacer algunos cambios en mi vida, para no terminar siendo tan triste como don Doctor.

Todavía tengo tos.

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Facebook: diario de una vida de vitrina

Últimamente pienso mucho en el Facebook (y cómo no, si lo abro demasiadas veces al día).

Y cada vez que lo abro me hago las mismas preguntas: ¿a mí qué carajos me importa el tipo empanada que se está comiendo en este mismo instante, esa vieja que estudió conmigo en el colegio?, o ¿qué diablos le aporta a mi vida la nueva matera que acaba de poner mi ex profesora de baile en su casa?, o ¿sería mi vida menos afortunada de no haber visto en detalle las babas del bebé que acaba de tener ese sujeto al que besé sin mayor pudor en un bar hace años?…

Las respuestas siempre son tan idiotas como aquellas preguntas. En el mundo normal, mi vida funcionaría perfectamente aún si no me enterara en tiempo real de los chorizos, las babas  y demás nimiedades que atañen únicamente a sus dueños. Pero desde que existe Facebook me he dejado envolver en ese sofocante manto de la inmediatez, en el sueño contemporáneo (y vacío) de la eterna disponibilidad.

Desde hace unos años le vengo invirtiendo cantidades escandalosas de tiempo a los margaritas que una tonta detestable se tomó anoche con sus amigas en el chuzo de moda, a la ubicación geográfica de la ex novia de mi novio y a los vestidos que se pusieron una cantidad de viejas en un matrimonio al que ni siquiera me invitaron (ahora bien, debo aceptar que mi vida sería muy triste sin las publicaciones diarias de mis almacenes de ropa preferidos, pero esa es otra historia).

Y la historia funciona de adentro hacia afuera también. Cada vez que me dispongo a publicar algo, o cada vez que alguien me taguea en una foto me pregunto: ¿a quién diablos le importa si me fui a Cartagena de vacaciones?, ¿de no haber sido Cartagena sino Fusagasugá, a alguien le habría hecho la diferencia?, ¿acaso no he dedicado enormes esfuerzos en mi vida para esconder un pasado condenado por el metal de los brackets, una nariz enorme, y una infancia ataviada con sandalias de XUXA, como para que me vengan a taguear en un álbum llamado “viejeras” y todos mis esfuerzos por esconder esos antecedentes criminales se hayan ido al suelo?, ¿en el mundo real de las cosas, de los árboles, de las amigas encerradas en un cuarto pintándose las uñas, ya soy una “viejera”?, ¿por qué nunca volví a encerrarme con mis amigas en un cuarto a pintarme las uñas? ¿las canciones que posteo,  le alegrarán al menos un segundo del día a alguien?, ¿las bailarán en toalla?

Lo que más me aterra de toda esta historia es la vida de vitrina a la que nos ha acostumbrado Facebook. Así como en los estantes de una pastelería o en las galerías de los mejores almacenes de ropa, nos pasamos la vida disponiendo los hechos, las personas, los sucesos, los problemas y las cosas buenas que nos pasan, de manera especial, para que publicados en la vitrina de Facebook logren despertar un ¡oh, qué vida tan “cool” tienes!.

Es imposible tener una vitrina atractiva sin antes haberlo planeado y arreglado todo, por eso manipulamos nuestras fotos en Phostoshop, para mantener ese porte de actores y actrices que necesitamos para jugar nuestros papeles en ese numerito de teatro llamado “profile”. Por eso el Instagram nos ayuda con filtros de colores y texturas a darle a nuestras vidas comunes y corrientes un tinte dramático, de rollo cinematográfico. Para que todo parezca esa película que está lejos de ser.

Algunas veces veo a ciertas personas en la vida real, las trato de alinear con sus discursos en Facebook y siento que no me cuadran las fichas del rompecabezas. Hay quienes construyen grandes perfiles en Facebook, posteando artículos culturales, trailers de Cine Arte y canciones de grupos tan extraños como su deseo de ser extraños; pero sentados en una mesa real, ante una conversación a viva voz, no son capaces de hacer con toda esa información un sancocho sustancioso que uno quiera tragarse entero. Existen todo tipo de discursos y personajes, entre los que me incluyo, por supuesto.

No digo que compartir la vida como contenido virtual no sea un acto bondadoso, hippie y agradable; pero a veces siento que todos hemos perdido las dimensiones de eso que compartimos. La prueba está en los sucesos escabrosos que tiene que vivir uno en cada visita al Facebook: las fotos de una vieja que se aburrió una tarde en casa y se tomó fotos en calzones, en todas las posiciones y además le tomó fotos a lo que cocinó, a lo que comió, a la sombra de su gato y al miligramo de polvo que se posó sobre su meñique. Nojoda, ella aburrida y nosotros aburridos viéndola aburrirse en tiempo real.

Lanzo una mirada al cielo y la acompaño con un grito: ¡Por qué!

Y uno se tiene que chupar el despecho del otro a cada segundo, la recuperación de una operación de un cachorrito minuto a minuto y la maldita cuenta regresiva para un gran suceso, número por número, día tras día. Y así fue nuestra vida.

Ya sé que cada quien puede hacer con su Facebook lo que le plazca, al fin y al cabo parece ser la única nación libre que queda en el mundo (si es que las leyes de censura no llegan a alcanzarla) y está bien que cada individuo se exprese como se le de la gana, pero me sigo preguntando todos los días: ¿si me está aburriendo tanto, por qué despelucada razón sigo metida en esto?

Últimamente me he preguntado si debería cerrar el Facebook, pero creo que soy demasiado chismosa para lograrlo y creo que cada “like” en mis fotos es una pequeña golosina para mi gordísimo ego, el cual debo mantener alimentadito para que no me traiga problemas. Además me gusta publicar este tipo de cosas, porque algunas buenas amigas las siguen leyendo, no por que sean buenos textos, sino porque me tienen mucho amor.

No soy capaz de cerrar el Facebook, pero sí puedo reflexionar un poco sobre él. Y también puedo seguir montada en la película, siempre que al apagar el computador me esté esperando una enorme, plácida, errática y hermosa vida real.

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“Echao pa lante”

La vida cambia más o menos a los 8 años, el día en que la mamá, mientras trata de embutir el último sorbo de avena en una boca displicente, dice que en la vida hay que ser alguien “echao pa lante” (echado para adelante).

Digo que cambia la vida, porque después de escuchar esa expresión, tan folclórica como determinante, todo se convierte en un sólo afán. Pero no en un afán razonable, como el de quien, a riesgo de encharcar la banca de la buseta y empapar al vecino de puesto, apura al conductor para poder llegar a orinar en casa.

No, el ser “echao pa lante” es un afán totalmente perverso y cruel, como el de quien, sin importar el resto del mundo, se baja los pantalones en la calle y orina la primera pared que encuentra.

“echao pa lante, ventajoso, avispado, malicioso”. Qué cosas las que enseñan las madres.

Y entonces, si se venía caminando con un par de paticas de negro lanchero a ritmo natural, hay que olvidarse de eso y procurar unos muslos más gordos que los de Valenciano, para aprender a darle pata al universo y evitar ser atropellado por la vida. Porque ser “echao pa lante” es eso: inflar el pecho de paloma para parecer que uno va unos centímetros adelante de todo.

Según el génesis de nuestra atlética moral, la vida debe vivirse como si se tuviera constantemente un mico con un alfiler persiguiendo la espalda. Así, el que frena un poco se queda, y el que quiere retroceder siempre tendrá al lado a un amigo bobo que le aconseje que “pa atrás ni pa coger impulso”.

La Biblia de los pujantes dice que ser “echao pa lante”, es llegar corriendo a los lugares más elevados de la sociedad, rociarse la frente con agua para fingir sudor de obrero y contarle a los demás que aparte de ganar millonadas, se hace de cuanta maroma se sabe para darle 3 vueltas al sistema bancario; que además de tener una esposa, se tiene una amante permanente, una moza eventual y una secretaria muy de vez en cuando, y que como complemento al puestazo que se  ha conseguido a punta de empujones, se tienen unos negocitos extra que proveerán lo suficiente para gastarle una prostituta a cada uno de esos colegas, que -pobrecitos- no son “echaos pa lante” como ordena el mandamiento.

Maravilla de emprendedores y ejemplo de sociedad la que les venera.

Entonces en esta vida está prohibido tener el placer de distraerse, de perder el tiempo, de arrepentirse; porque se pierde. Al que des-acelera, lo deja esta chiva de arremetedores con sombrero vueltiao (porque eso sí, estamos lejos de ser un tren bala).

Maldito sea el día en el que alguien, (que seguro fue el mismo que se inventó que el mundo es de los avispados), dijo que ser “echao pa lante” era lo correcto.  Malditos sean los “echaos pa lante”, velocípedos del tercer mundo que pitan cuando el semáforo aún está en amarillo. Seguro sus madres estarán muy orgullosas de ellos, pero la realidad es que desmerecen por completo el aire para respirar.

Lo único que me atreveré a refutarle al gran Joe Arroyo en toda mi vida, es que le haya puesto tan buena música a esas pavorosas letras que dicen: “echao pa lante y preparao”.

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Mujeres en el Baño

Si bien es cierto que un ser humano se pasa la mitad de la vida en el baño, también es cierto que para las mujeres, mucho más que para los hombres, el baño es un lugar imprescindible, donde las catarsis estomacales son sólo una pequeña parte de toda la actividad paranormal que se lleva a cabo entre los espejos y los dispensadores de papel. Digo actividad paranormal, porque todo lo que sucede en otras dimensiones no es más que una hilera de sucesos bizarros. Y el baño, para las mujeres es justamente eso: un olorosa sede de otra dimensión.

Los hombres, haciendo honor a su intachable simpleza, utilizan el baño únicamente para lo que está hecho: para mear. Así entran, desenfundan la cuestión, la desocupan, lanzan una mirada indiferente a esa escurridiza parte de ellos que se ha ido por el orinal y se van. Por eso los hombres siempre salen primero del baño. Por eso los hombres, que son países de una sola autopista, van al baño porque es un paso obligado en su andar lineal. Pero las mujeres, que somos naciones llenas de serpenteantes carreteras, a veces vamos al baño para descansar de la sola idea de vivir buscando salidas a un laberinto con tantas flores como navajas. Y eso se demora un poquito más.

Para entrar a la dimensión “baño” así como para cualquier otro evento místico en la vida, es necesario tener compañía. Pero ojo, las mujeres no vamos con cualquiera al baño, porque elegir una acompañante para ir al baño es llevar la relación a otro nivel: de simples conocidas, a compinches y de mejores amigas a hermanas del alma. Y es que prestarse el maquillaje para hacer los retoques necesarios es un ritual tan comprometedor como un pacto de sangre (psqíquica y bacterianamente hablando). Asimismo, acomodarse las tetas, las nalgas y el pelo no es tarea para una sola persona. Se necesitan dos para volver a abotonar un jean dos tallas más pequeño que el cuerpo, se necesitan tres para consolar el llanto de una infidelidad recién descubierta y se necesitan cuatro, o muchas más, para fabricar un chisme de alcances interoceánicos. Y el mundo sigue preguntándose por qué carajos tenemos que ir en comparsa al baño.

Y es que la pobre mujer que va sola al baño debe sufrir toda clase de improperios, como limpiarse con el calzón si se ha acabado el papel, ante la imposibilidad de salir desfilando a pedir un rollo nuevo como un pingÜino con los pantalones abajo.

La mujer que no tiene una amiga que pueda cuidar la puerta cuando esta no cierra, se expone a dos peligros: el primero es que la puerta se abra mientras ella orina en posición de quarterback de fútbol americano, y la otra es que ella deba orinar y tener con sus dedos, o en el peor de los casos, con su cabeza, la puerta; maroma que por obvias razones resulta un acto de equilibrio, concentración y fuerza que sólo les sale bien a las cabareteras.

Y para hacerlo más explícito, es necesario nombrar algunos otros sucesos multidimensionales que se dan en el baño de las mujeres; como una secretaria con la falda encaramada más arriba del fangoso vientre, embarcada en la difícil empresa de subirse las medias veladas casi hasta la línea del busto. Como la señora del aseo medio empelota, mostrándole a la otra señora del aseo un asentamiento de estrías que tiene en el seno derecho. Welcome to the Twilight Zone. Como un rocío de gotas amarillas sobre la taza del inodoro (porque si los hombres salpican, las mujeres, a falta de un órgano cilíndrico, lo hacemos aún más). Como una mujer con cara de alivio, jalándose hacia abajo ese pantalón que por poco la fecunda. Como una mujer envuelta en un vestido de coctel, que trata de cuidar los faldones blancos del vestido de novia de su amiga recién casada mientras ella, absolutamente ebria, trata de orinar y decir al mismo tiempo que su nuevo marido no es buen polvo. Como una pre-adolescente que vomita todo lo que comió y cree que nadie se da cuenta.

Entre otras cosas, en el baño las mujeres decidimos cómo se van a llamar los hijos, le ponemos fecha límite a los novios idiotas, y pensamos cómo es que vamos a poder ser todo lo que el mundo espera que seamos.

En el baño nos damos cuenta de que sólo somos la bestia con pelo lindo que somos, nos miramos al espejo, nos acomodamos el brassiere y la existencia, y respiramos profundo antes de volver a salir.

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