Otras formas de medir el tiempo.


Mi reloj anda perdido hace rato.

Tal vez ya era hora de que me dejara vivir en paz. Al principio insistía en buscarlo,  como un cuerpo que ha perdido sus paredes y corre desparramado por las calles, tratando de encontrar aquel ensamblador que lo pueda volver a armar. Así andaba yo persiguiendo a mi reloj, como un puñado de agua que ha perdido el vaso, como un bocado de arroz que ha perdido la cuchara, como una masa de gelatina que no encuentra su tazón. Con un brazo aleteando hacia el norte, los ojos parpadeando a los cerros del oriente, una pierna hacia el cielo y la otra escapando por la ventana.

Sin embargo tuve suerte. Después de que alguien rescató una de mis pequeñas orejas en el borde de un río sucio y me la envió a vuelta de correo, decidí dejar de buscarlo, dejar de acosar al tiempo y renunciar para siempre a esos ciclos entre los que venía sirviendo, como una sopa, toda mi vida. Decidí desobedecer a Proust. Qué carajos, el tiempo perdido, perdido está.

Mientras me pasaba las noches enteras en posición de gato, asomando la punta de la nariz por la rejilla del ventanal y espiando al gato de mi vecino (quien había tomado la costumbre de depositar sus eses al lado de mis jazmines), me di cuenta de la mala vida que me daba mi reloj y de que, perderlo había sido como perder un tumor, o como extraviar una enfermedad degenerativa.

Escuché el cascabel del gato intruso cada vez más cerca y seguí pensando en que esa cantidad de minutos se habían venido acumulando hasta agrietarme las paredes. Y qué decir de las horas, una plaga más irrespetuosa que cualquier parranda de cucarachas. Las horas se estaban comiendo el pan de la alacena, y mordisqueando sin piedad las paredes de mis pensamientos. Los días me hacían la vida imposible, igual que la caca de ese gato infeliz.

Mientras jugaba al tercer serio de la noche en contra de los ojos verdes del gato negro, que ya había ido a instalar su rabo al lado de las matas, pensé en inventar otras maneras de medir el tiempo. Así no necesitaría ese odioso reloj y podría vivir entre ciclos más amables que esas inclementes fracciones de horas, días, minutos y segundos.

Lo primero que se me ocurrió fue medir el tiempo en lo que dura un juego al serio con un gato. Es un ciclo largo. Podría medir el tiempo en lo que se demora una tetera en hervir el agua, o en lo que se demora una caja de té en terminarse. Son ciclos mejores. Qué tal medir el tiempo en lo que dura un calambre. La vida sería más inesperada, más difícil de adivinar. Qué tal medir el tiempo en lo que se demora una herida en cicatrizar. Los momentos serían más ligeros. Qué tal medir el tiempo en lo que se demora en envejecer un billete de mil pesos, o en lo que tarda un despecho en abandonar el cuerpo. El dolor sería más digerible. Qué tal medir el tiempo en lo que dura un bronceado,  o en lo que me demoro en volver a ver al pordiosero y a todos sus perros vagando por la calle. Mi vida siempre sería una sorpresa.

Mediría el tiempo en recorridos, en diligencias, en peleas, en vasos de vodka, en zapatos viejos, en objetos dañados, en alimentos perecederos, en los cigarros que no fumo, en amantes, en maridos y en tarros de pastillas.

Mis nuevas medidas de tiempo no podrían fraccionarse en medidas más pequeñas, porque cada una sería exacta. Lo que dura un recuerdo en olvidarse, es lo que dura un recuerdo en olvidarse y punto.

Entonces, si alguien me encargara un trabajo de escritura tendría que decirle que se demora lo que demoran dos bolsas de café en terminarse (vaya si soy lenta). O si alguien estuviera esperándome en algún punto de la ciudad, le diría que me estaría demorando en llegar, lo que se demoran las costuras de la ropa en dejar sus marcas en la piel (vaya si soy rápida). Y si alguien me preguntara cuánto se demoraría en conquistarme, diría que, si es cualquiera, se demoraría lo que una goma de mascar en digerir, y que si es un cantante estúpidamente bonito, se demoraría lo que la luz en viajar.

Ya casi amanecía y los jazmines comenzaban a recuperar su color con la luz fantasmal de la madrugada. El gato me miraba todavía, quieto como una estatua de sal.

Muchos semáforos después, alguien me preguntó cuánto me demoraría en inventar nuevas formas para medir el tiempo. Yo respondí que me demoraría lo que se demora un gato en cagar sobre mis flores del jardín.

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Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, la editora que menos libros lee en el mundo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de tiempo completo, bañista permanente en las playas del amor, nacida en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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3 respuestas a Otras formas de medir el tiempo.

  1. Danilo dijo:

    Muy bonitas formas de medir el tiempo.
    Mi quejadera me lleva a medirlo en trancones. Voy a rezongar menos.

    Saludos.

  2. SotoHoyos dijo:

    Somos tiempo que se consume. Buen escrito

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