Latin Jazz, música pal’ supermarket


Este artículo fue editado por mi buen amigo N. Vallejo y fue publicado en la revista LEVEL que hasta hace muy poco circuló en Miami (Los fuertes vientos nunca debieron habérsela llevado).

La voz parece salir de las habichuelas. De las neveras, las congas. Soundtrack oficial del grocery store. Música de fondo para cualquier ritual de compras.

Así como el efecto sedante del easy listening nunca ha de faltar en el consultorio odontológico –pues cuando nos van a sacar las muelas no nos van a poner, precisamente, death metal–, el latin jazz se ha convertido en la música perfecta para amenizar la sagrada ceremonia de las compras. Entonces, si usted es amante de los ritmos afro-cubanos –y sobre todo, de las degustaciones– agarre el carrito con las mejores ruedas, amarre al bebé para que no se le salga de la silla y comience a disfrutar, entre las abarrotadas góndolas de Publix, de este bálsamo para el espíritu.

De esta música para hacer grocery shopping.

No es una buena idea hacer mercado con los Sex Pistols de fondo. ¿Se imagina el espectáculo de carritos volcados, mostradores rotos y cajeras raptadas en el súper? Tampoco es recomendable elegir hortalizas cuando en el ambiente arremete Lars Ulrich contra su batería. En cuanto al jazz norteamericano convencional, ni hablar, pues tan volada improvisación y densidad perjudicaría seriamente el sano juicio del terrícola a la hora de elegir entre crema de tomate y corazones de alcachofa.

Y no es lo ideal.

Ideal, por el contrario, resulta acompañar el ritual semanal con la percusión de Mongo Santamaría, los atrevimientos del trompeta Mario Bauzá o las psicosis pianísticas de Chucho Valdés, quienes, al lado de muchos otros melomaniáticos, llevaron nuestra música a otro nivel.

Entonces, deje a un lado la lectura de nutrition facts –igual, es bien sabido que todo eso es pura bs– y diríjase a la sección de la “Manteca”, porque fue así que el mismísimo Dizzy Gillespie, en la década del 40, junto a los cubanos Frank “Machito” Grillo y el conguero Chano Pozo, bautizó a la primera gema del género: una joya que reúne a dos de los cachetes más inflados del jazz con las manos más aporriadas de la música cubana.

Una canción perfecta para fritar.

Hablando de fritar, si encuentra difícil decidirse por alguna marca de manteca, elija Cubop, que no es otra cosa que la modificación del legendario estilo de jazz de los 40, el bebop, bajo el cual nació toda la mezcla de ritmos afro-cubanos con jazz. Al ser la base de la receta, esa sustancia que engrasa el sartén sobre el cual se cocinaron todas las sabrosuras musicales venideras, este no solo garantiza sabor de primera, sino que marca el principio de una mezcla bomba, un caldo lleno de picante con el que latinos y norteamericanos se untaron hasta las orejas en los bailes de salón de Nueva York. Y es que desde que Machito y sus Afrocubans estrenaron su “Sopa de Pichón” en los 40, la ciudad no volvería a ser la misma, porque hasta los gringos más tiesos se dejaron abofetear por ese manotazo inicial. Después de muchos años de timidez obligatoria, los latinos empezaban a gritar y los norteamericanos a escuchar: ¡Mambo! ¡Bongó! ¡Latinoamerica presente! ¡Sabor!

Para continuar esta travesía alimenticia, llena de nutrientes para el alma, déjese guiar por el vibráfono que retumba entre las potato chips y permita que Cal Tjader, el norteamericano de origen sueco que mejor logró tocar este instrumento para el Latin jazz, lo deleite con su empolvada versión del clásico “Guachi Guaro”… Sabroso, ¿no? Luego llene el carro de mercado con especias, picantes, aderezos y sobre todo, adobos criollos, tome todo lo necesario para una cena de grandísimo formato y prepárese, porque lo que se viene a su mesa es una típica big band de los 50, de esas que nacieron de la mano de Tito Puente: un batallón musical de hasta veinte personajes que, armados con tres o cuatro trompetas, dos o más trombones, hasta cinco saxos, piano, bajo, voces y una sección de percusión con tumbadoras, bongoes y timbales, disparaban sin piedad descargas de sabor a las muchachadas que iban a bailar al Salón Palladium, templo de la fiesta latina, en la calle 53 con Broadway.

Si se le antoja un poco de maní, considérese afortunado, pues este supermercado tiene su propio vendedor. Le llaman “El Manisero”, como esa canción que bien podría ser el himno nacional de Cuba y que importantes músicos como el trompetista Alfredo “Chocolate” Armenteros han llevado a pasear por el mundo entero. Ahora hasta los chinos saben cantar “Caserita no te acuestes a dormir, sin comerte un cucurucho de maní”.

Pero siga adelante, no se quede quieto. Acérquese al stand de comida isleña en promoción y busque ese frasco con look medio africano, medio santero, llamado Irakere, como la banda cubana conducida por Chucho Valdés que levantó de nuevo el ritmo en los 70 tras el totazo que el pop le propinó. Adentro encontrará misas negras, oraciones a Yemayá, Changó, Babalú Ayé y todos los santos, rezadas por los vientos de Paquito de Rivera y Arturo Sandoval, el piano de José Miguel “El Greco” Crego y otros muchos bárbaros de la sabrosura. Eso sí, tenga cuidado con las dosis, pues las partituras del viejo Valdés eran tan atrevidas y llenas de picante que hacían sudar hasta sus propios músicos, todos maestros de renombre. No por nada llamaban a la banda “La Universidad”. Tome el Irakere en dosis desmesuradas y luego sabrá porqué el tam tam de una tumbadora también puede llevar al nirvana.

Siguiente parada: dando una que otra vuelta, ruede el carrito hasta repisas donde se acumulan las salsas. Conozca a los pianistas Eddie Palmieri y Papo Lucca, y al conguero Ray Barreto: figuras estelares del movimiento salsero, quienes en los años 80 hicieron su aporte a este guisao, metiéndole cucharones rebosados de salsa a la mantecosa receta del latin jazz. Ahora, si no lo cree, muévase hacia la sección de los fritos, pregúntele al rey de los cueros Mongo Santamaría cómo se mezcla la manteca con la salsa y tendrá frente a usted al famoso “Sofrito”, una pieza sobrada en sabor, que une el mejor tumbao salsero con las peligrosas maromas del jazz afro-cubano. Ahora, si se le van quemando las manos, no llore: fórrese los deditos con cinta adhesiva y vendas, como lo hacía el buen Mongo cuando le sangraban las falanges de tanto reventar cuero en solos de hasta 15 minutos.

Ojo: esto del sofrito es sólo para valientes.

Mientras hace fila en la caja registradora y piensa con qué va a pagar, tenga la bondad de jalarse las orejas para le terminen de entrar las guajiras, los danzones y las descargas hechas jazz. Y si acaso tiene la oportunidad de cruzarse con la sección de DVD’s del supermercado, que no deje de enredársele en la compra Calle 54, del español Fernando Trueba: un documental que, en una sola producción, reúne interpretaciones de nombres como Chucho Valdés, Gato Barbieri, Tito Puente, Bebo Valdés, Eliane Elias, Paquito D’Rivera, Chano Domínguez, Michel Camilo y todos los demás Golden Boys del latin jazz.

Al salir, dirija el carrito hacia la puerta, prepárese para el silencio motorizado del parking lot y guarde bien entre sus dos orejas todo ese caldero de ritmos que, mientras chuleaba su check list, lo hipnotizó. Agradezca a las morisquetas de Tito y a las boinas volteadas de Chucho por haber marcado el ritmo de sus pasos a través de los pasillos, las neveras, los escaparates y la panadería. Y en su próxima visita, sea más fiel a sus raíces, póngase una pinta más sabrosa y asegúrese de pedir que le suban unos cuantos puntos al volumen. Que para hacer algo tan aburrido como mercar se necesita música de la buena.

Música como el latin jazz.

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SIDEBAR DISCOS RECOMENDADOS

Discografía pa’ la compra

Greatest Hits (2002)
Machito & his Afrocuban Orchestra
Sony
Si quiere entender el latin, esta es la primera lección. De Machito viene la receta original, el secreto para mezclar ritmos tan lejanos como el jazz norteamericano y la música afro-cubana.

Latin jazz (1984)
Varios
Phillips
La versión más jazzera del “Manisero” a cargo de Chocolate Armenteros, una batalla a muerte entre timbales y tumbadoras en “La Cuna” de Tito puente y su Latina Familia, y una versión de “Siboney” como para olvidarse del mundo, son sólo algunas de las joyas que trae esta gran recopilación.

Unreleased & Unleashed (2000)
Mongo Santamaría
Sony
Toda la genialidad del rompecueros más grande puede verse en este disco. Canciones como “Me and you Baby (picao y tostao)”, “Boogaloo wow” y “Obatalá”, muestran un disco muy americanizado en su estilo, pero muy afro-cubano en su esencia.

¡Cubanismo! (1996)
Jesús Alemany
Hannibal
Es elemental conocer el Latin jazz más cubano, mucho menos influenciado por la música norteamericana, que simplemente lleva al jazz ritmos como la guaracha, el guaguancó, el son y el montuno. El gran maestro Alemany es vital para bailar un buen danzón hecho jazz.

Simpático (2006)
The Brian Lynch & Eddie Palmieri Project
ArtistShare
Ganador de un premio Grammy en el 2007 y un ejemplo magistral de cómo se mezcla la salsa con el jazz, por uno de los mejores pianistas que ha visto crecer Nueva York junto a uno de los gringos más sabrosos del barrio: el trompetista Bryan Lynch. Canción recomendada “Guajira Dubois”.

Acerca de Lecciones de Pataleta

Bailarina en receso, salsera hasta la muerte, estudiante tardía de periodismo, narcisa diagnosticada con casi-trastorno de personalidad, publicista de medio tiempo y bañista permanente en las playas del amor. Nací en un pueblo cuyo nombre nadie entiende de primerazo.
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